Domingo, 18 Nov,2018

Opinión / AGO 15 2018

Cuestión de actitud

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Es mejor agradecer y seguir caminando que renegar y quedar paralizado. La vida es un ciclo que termina con la muerte, no es negociable, no hay excepciones y tampoco escalas de importancia o jerarquías o preferencias: los adornos, los recuerdos, la pompa, la pleitesía es cuestión de la conducta o la actitud de los vivos, nunca del muerto. La persona que termina su ciclo de vida, hasta donde nuestro entendimiento lo permite, sencillamente se va desintegrando materialmente y en esos procesos no hay ‘VIP’, ni primera o segunda clase. Todos somos iguales y la diferencia es el producto de la fabricación humana, muchas veces tratando de creer que se logra vencer a la muerte a través de convencionalismos que solo alimentan un recuerdo pero jamás reviven a nadie.

Lo doloroso en la realidad del morir es la despedida, la ausencia, el desprendimiento. Curiosamente, a pesar de ser algo tan anunciado y universal, difícilmente se acepta, al menos en nuestra cultura, porque el proceso de vivir conlleva apegos fortalecidos por sentimientos que van generando una manera de ver la vida y experimentarla con una sensación de necesidad y dependencia que termina por limitar la capacidad inmensa de libertad que el espíritu, posee. En eso se basa la esperanza de la humanidad, de no desaparecer por completo y para siempre cuando llega la hora de la muerte: siempre queda una luz de esperanza que generalmente es canalizada por diferentes religiones o credos, que además no se salvan de la posibilidad de algún ingrediente perverso con fines más manipuladores que amorosos. 

Entonces, para vivir y para morir hay que tener criterio y libertad de pensamiento. No se puede ser bueno o malo sencillamente por miedo a un castigo desconocido. Hay que aprender a vivir con responsabilidad y morir con tranquilidad y eso se logra al cambiar los apegos por libertad, entendiendo que nada es para siempre y todo tiene el mismo ciclo, llegar y partir, no solo la vida: todo en este trasegar está hoy y tal vez mañana no. Entendiendo eso, trabajando cada día para lograrlo, probablemente consigamos caminar de la mano de alguien sin forzarlo, compartir sin obligar, acompañar sin exigir y soltar sin oposiciones, sin manipulación y sin tragedia.

Por eso es mejor agradecer por todo: por la vida de un ser amado que se va; por la salud de la que se goza, por la recuperación que se espera, por el hijo, el trabajo o la lección que se está aprendiendo e incluso por la esperanza de algo más sublime más allá. Es mejor sonreír y seguir avanzando con amor y optimismo, pues al fin y al cabo el destino final aquí, es igual: el tema es la actitud.

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