Miércoles, 19 Jun,2019
Opinión / ABR 04 2019

De herramienta a dependencia

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Hace unos días, una atribulada madre que pertenece a un grupo de Whatsapp integrado por padres de familia de un reconocido colegio, me comentaba sobre la calidad de los mensajes que le compartían. Pero además, el estrés y la ansiedad que estos le producían.

El ambiente, decía la señora, es absolutamente tenso. La administradora del grupo envía audios que vienen y van, sin que importe el día o la hora. Otros padres, comparten comentarios sobre frivolidades que poco o nada aportan a la educación de los hijos. Son frecuentes las acusaciones y juicios de valor sobre maestros y directivos del centro educativo, ocasionando verdaderos linchamientos virtuales que atentan contra la honra y el buen nombre. 

Pero el clima emocional cambia, anotaba esta mamá, si la discusión es sobre superficialidades. Un traje, el salón para un evento, una decoración, son motivo de largas discusiones. Todo, menos hablar de aquello que se relacione con formación o calidad educativa. Algo que no es extraño, en esta sociedad en la que muchos privilegian la apariencia y desestiman la esencia. 

Whatsapp es una de las mayores innovaciones de la era digital, un canal para facilitar la comunicación. Sin embargo, en el caso de los padres de familia de un colegio, el problema se origina cuando tratan de controlar todo aquello que hacen o dejan de hacer sus hijos. ¿En dónde dejan los padres la posibilidad de permitirle a niños y jóvenes resolver sus diferencias, solucionar conflictos, fortalecer su autonomía o responsabilidad?

Se entiende que estos grupos surgen por la pertenencia a un entorno, y no por un objetivo en particular. Por ello, cada integrante, al no tener claro el fin que se persigue, participa en función de lo que cree que es válido para el grupo. Pero hay un ingrediente que lo agrava todo. En la comunicación cara a cara, observamos al interlocutor reconociendo un lenguaje corporal que enriquece el contenido de sus palabras. Pero cuando el mensaje es escrito, y no existe la posibilidad de observar la expresión facial, las conclusiones que cada uno se hace pueden ser arbitrarias.

Entre más se manifieste alguien en un grupo, mayores opiniones puede generar, en ambas direcciones. Una persona puede tener intención conciliadora, pero desde fuera se puede interpretar como agresivo al faltar el componente de comunicación no verbal. Otro caso, es el de aquellos que por prudencia participan poco, corriendo el riesgo de ser señalados como pasivos e indiferentes. 

Se quiera o no, los grupos de Whatsapp son parte de la vida educativa. Pero es necesario dar un uso adecuado a esta herramienta de comunicación. No olvidemos que acompañar a nuestros hijos, no significa retirarles cada obstáculo del camino y mucho menos recorrerlo por ellos. 

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