Lunes, 12 Nov,2018

Opinión / MAY 31 2017

De vidas y bebidas

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Es indiscutible que alrededor del arte de libar existen una serie de lugares comunes, de temas conexos que no por ser ampliamente conocidos, y padecidos, resultan fáciles de convertirlos en materia literaria.


Que el licor suelta la lengua es una verdad sin discusión. Cierto es también que la literatura y el alcohol han mantenido una relación estrecha que ha fructificado no solamente en obras, estilos, movimientos y mitos (urbanos), sino en anécdotas y episodios singulares que enriquecen el vasto universo de la cultura general. Aunque el licor y la bohemia componen un lugar común alrededor del oficio de la escritura, contar una historia con trasfondo etílico sin caer en el patetismo es más difícil de lo que podría pensarse. Beber y narrar son dos verbos que no cualquier escritor maneja con solvencia. Pienso lo anterior tras leer Bebestiario, colección de cuentos en la que David Betancourt, joven narrador paisa radicado en México y uno de los autores con mayor proyección en la cuentística nacional. Allí David retrata con absoluta libertad el mundo de la embriaguez en sus diferentes grados y contextos.

Con el sello ya distintivo del humor, que ya había sido protagonista absoluto en su anterior volumen de relatos (Ataques de Risa), en estos diez cuentos es posible además apreciar el respeto y la pulcritud del autor a la hora de tratar el lenguaje. No es gratuito que Betancourt tenga título de filólogo hispanita y se haya desempeñado como corrector de estilo. La lengua viva y dicharachera, proveniente de la entraña del pueblo paisa y picada por diferentes destilados, es tal vez el elemento que mejor define la identidad y la unidad de la colección. Desde los títulos y las frases hechas para los personajes, Betancourt se la juega por la parodia. Es así como en Beber para contarla arranca con “La beba no es la que uno bebió, sino la que uno recuerda y como la recuerda para contarla”, declaración de principios no solo del escritor frustrado que protagoniza este primer relato (con el que obtuvo el V Premio Nacional de Cuento La Cueva en 2016), sino de los demás personajes que transitan por estas historias.

Es indiscutible que alrededor del arte de libar existen una serie de lugares comunes, de temas conexos que no por ser ampliamente conocidos, y padecidos, resultan fáciles de convertirlos en materia literaria. Betancourt los afronta sin ambages, echando mano de todas las posibilidades del cuento como dispositivo narrativo. Así, se suceden historias de infidelidad, amor y desamor (La rebelión de las rascas y Toco tu vodka); desternillantes tragicomedias (La toma de la Bastilla y Bebestiario), historias futboleras (Confieso que he bebido) y hasta críticas al capitalismo colonizador (El mundo ha bebido equivocado).

Sobresale la borrachera, o la “prenda”, como estado ideal para escribir, vivir o morir, con personajes a los que se les va la vida en un trago de guaro, ron o “chirrinchi”. No se pasa por alto la galería de ilustres borrachos a los que se les invoca en varios de los cuentos: Fitzgerald, Hemingway, Bukowski y otros tantos que han hecho fama tanto por su pluma como por su afición etílica. Cabe la pregunta, después de la lectura del volumen, sobre la cantidad no ficticia de alcohol detrás de cada cuento.

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