Domingo, 22 Sep,2019
Editorial / AGO 19 2019

Defensa digna

Debiera ser una campaña sin trampa y sin negaciones que pongan a prueba la dignidad del aspirante, del patrocinador y del propio elector al saberse verdades y realidades.

Defensa digna

Es apenas lógico que la mayoría, por no decir todos los gobernantes intentarán dejar con el proceso electoral de octubre un o una reemplazante. Dicho en política pura y electorerismo crudo, tienen candidato o candidata. 

Los actuales mandatarios querrán desde el "alma limpia", si así lo consideran, tener a alguien que continúe con su gestión y sus apuestas. Algunos creen que suena mejor decir que sigan construyendo sobre lo construido. En ese estricto sentido, un buen gobierno, una buena gestión debe ser defendida y afianzada.

El asunto se complica cuando el saldo de gobierno queda en rojo. Cuando ha sido mala o pésima la gestión y entonces necesitan un reemplazante compinche. Un tapa tapa y un espadachín de la herencia fatal que entonces tendrá que empezar a rendir inevitables cuentas con los organismos de control y la misma justicia.

También se constituye en legado nefasto cuando desde una falsa gobernabilidad política, entiéndase mermelada a la lata o un supuesto control mediático, entiéndase compra de medios y periodistas, pretenden extender esa hegemonía en cuerpo ajeno, de civil en casa o desde la cárcel. Esas campañas son versiones más avanzadas de concierto para delinquir y esa perpetuación criminal también se asomará en las elecciones.

Por eso, es crucial y de elemental dignidad de un candidato o candidata, que confiese a quien representa, a quien defiende por su obra de gobierno y qué camiseta con qué estampados y patrocinios usará en caso de llegar a gobernar.

No puede haber vergüenza escondida en campaña y luego hacerla manifiesta al gobernar cuando el secuestro será inminente. Si se es claro en la promesa será más fácil confiar durante el ejercicio de poder y gobierno. No puede ser que unos ocultos o no visibles hoy en campaña sean buenos para negociar su poder, su plata y sus votos, pero al momento de reconocerlos como aliados se nieguen. Esa sí que es la más mala y perversa señal del desgreño y la corrupción que reinará.

Así pues, que no se nieguen las sociedades y negocios del proselitismo de campaña, pues esa es parte de la identidad que defiende ante sus electores. Es mejor reconocer lo que se representa y se defiende antes de que los desmantelamientos sean tan elocuentes que hablen por sí solos.

Esa regla básica opera también en los alcaldes, alcaldesas y gobernador. Nunca reconocerán que tienen candidato o candidata, pero deberían por ética básica ofrecer y asegurar garantías a todo el proceso político y electoral. Y como lo hemos repetido tanto tienen la obligación de evitar y prohibir que sus funcionarios y contratistas confundan oficinas públicas con directorios políticos, y gestión institucional con presión electoral y el vulgar constreñimiento.

Todos y todas hablan y proclaman independencia. El reto es la demostración práctica de esa condición, necesarísima en una coyuntura y en un momento en el cual el desprestigio de la dirigencia política debe contrarrestar con aptitudes y actitudes públicamente correctas y con su mirada sin parpadear en los ojos esperanzadores de unos quindianos que no aguantarían una decepción más.

Se espera política sin trampas y sin negaciones que pongan a prueba la dignidad del aspirante, del patrocinador y del propio votante al saber verdades y realidades.

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