Lunes, 24 Jun,2019
Opinión / ABR 24 2019

Dos de un tiro

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El proyectil calibre 38 atravesó la bóveda del cráneo, la masa encefálica donde se alojaba una mente de enorme talento, exuberante intelecto, gran capacidad discursiva e histriónica, y —según sus millones de enemigos— siniestras maquinaciones delictivas, para finalmente incrustarse en la aún aturdida conciencia pública del continente. 

El drama de una semana atrás, cuya lectura e interpretación corren a cuenta de versiones de medios de información con obvios sesgos políticos, de predilecciones u odios, de fake news o documentales con criterio objetivo, van desde quienes desearon, no una sino varias muertes para el expresidente, ojalá con torturas previas, o soñaron verlo esposado, con indumentaria de reo, enjaulado, como cualquier ‘presidente Gonzalo’, sometido al escarnio, a la befa, hasta la pretendida entronización del suicida como mártir de la democracia, víctima de la justicia politizada, blanco de envidias e inquinas desbordadas. Los primeros, frustrados en su anhelo vindicador de transparencia en el ejercicio político o en el rechazo personal hacia el personaje público; los segundos, quiéranlo o no aceptar, distantes de la razonable ponderación, de la sensatez. ¿Se inmoló el expresidente peruano para condenar con su muerte errores, excesos o aberraciones del aparato de justicia? En su carta de adiós y de defensa, por cierto descuidada en su redacción y ortografía, expresa: “… a mis compañeros una señal de orgullo y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios…”

Otro cadáver deja el disparo del revólver de fabricación peruana: el del Apra, movimiento de inspiración panamericanista cuyo eje ideológico era un antiimperialismo activo, en referencia a cualquier forma de dominación entre naciones, gestado en México y Centroamérica, más tarde en su país cuna, por la figura política más importante del Perú en el siglo XX, Víctor Raúl Haya de la Torre, quien hizo del reciente difunto, desde su juventud, su legatario directo. Sería de muy difícil reactivación el partido, por lo menos con los presupuestos ideológicos originales, y sin liderazgos fuertes hoy día, menguados su prestigio popular y representación parlamentaria.

La autocondena a la pena capital, vista también como máxima expresión de soberbia, de egolatría, o de implícita aceptación de culpas sin consecuencias penales, según quien la juzgue, fue un acto desesperado de preservación de dignidad personal, familiar, y desde luego no política, pues las sindicaciones no comprometían a subalternos importantes de su partido. Habla bien del país de las grandes civilizaciones aborígenes, el rumbo económico consolidado en recientes décadas y la probada independencia entre las ramas del poder. La justicia, pese a sonados y simultáneos escándalos de corrupción interna, ha podido dejar a salvo su autonomía, puesta en duda por la severidad mostrada hacia los expresidentes, por octogenarios que sean. Que las cifras vayan por un cauce por completo distinto a preferencias ideológicas, u opciones electorales, es claro síntoma de madurez institucional.


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