Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / JUL 15 2018

Educar o humillar (IV)

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La humillación se plasma en agresión y desprecio hacia alguien.

A diferencia de discursos que presentan el mundo escolar invadido de violencia reprimida es necesario insistir en el sentimiento de humillación experimentado por docentes y alumnos; saber si se sienten respetados y aceptados como personas, si los derechos les son reconocidos y están integrados a los reglamentos de convivencia. La pregunta es si la institución educativa organiza democráticamente y garantiza la dignidad de sus integrantes con fundamento en derechos humanos, civiles y ciudadanos.

En unos casos las múltiples maneras de humillar son tan sutiles que no las percibimos y son aceptadas como naturales con actitudes que humillan. En otros, por ejemplo, el matoneo es una forma expresa de humillación que ataca la intimidad personal. Esto conlleva a crear intimidaciones vergonzantes y otros efectos típicos de sentirse humillado. Esto quiere significar que las prácticas humillantes dejan heridas que nunca cicatrizan y configuran una cadena social de desprecio en enjuiciamientos, exclusiones, injurias y formas manifiestas con la intención de humillar. 

En este contraste de actitudes resalta el autoritarismo y la dominación arbitraria como formas de poder, imponiendo cambios en los comportamientos y en la libertad del otro. Supone una autoridad que se precia de sí misma, no importa que violente la sacralidad de la conciencia y la posibilidad de pensar y expresar libremente. La dominación está ligada a la existencia de una autoridad legal y simbólicamente reconocida, que no corresponde a méritos individuales, pero se ampara en la legitimidad como componente de dominación, y lleva al consentimiento de ser dominado y subyugado.

Dirigentes, docentes y alumnos tienen obligaciones, pero también derechos. Y se espera que éstos sean reales y no una simple etiqueta. Las directivas ministeriales, rectores y coordinadores de instituciones educativas entran en conflicto con la realidad social y mental de padres y estudiantes. La decisión autoritaria queda establecida en reglamentos y modelos educativos excluyentes y discriminativos, desconociendo derechos. Esto sucede como si el ambiente educativo no tuviese como misión primordial formar en valores democráticos que deben experimentarse en el interior de las relaciones escolares y reflejarse en la vida social. Las preguntas de fondo serían: ¿cuáles son las razones que no permiten avanzar en la práctica real de los principios democráticos? ¿Cuál es la responsabilidad de los educadores en los conflictos actuales que impiden realizar una verdadera convivencia?

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