Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / AGO 24 2018

Eficiencia, populismo o pérdida de tiempo

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Se ha puesto de moda que presidentes de la República, gobernadores y alcaldes de grandes ciudades organicen reuniones para “escuchar a la comunidad y atender sus reclamos”. El verdadero objetivo es hacer el ‘show’, mojar prensa, posar para las cámaras y alardear de cercanos a las necesidades de la gente. O lo hacen porque no confían en los mandos medios, que a la hora de la verdad son los que mandan, porque esos sí saben ejercer con eficiencia lo que algún expresidente llamó “la dictadura de los mandos medios”. Ese ejercicio democrático produce precarios resultados prácticos. 

El señor presidente, para reseñar el caso más relevante, se desplaza, normalmente los fines de semana, con toda la parafernalia de seguridad, altos funcionarios, periodistas, políticos de la región visitada y los consabidos lagartos del séquito presidencial, ataviado con ropa informal y provisto de libreta y lapicero, a una localidad determinada —a la que viaja previamente una avanzada de seguridad y logística—, para oír los reclamos de la gente, sobre asuntos que debían ser resueltos por las autoridades locales. El mandatario escucha con atención a líderes comunales y a ciudadanos de a pie, toma atentas notas en su libreta, les da órdenes a ministros y altos funcionarios relacionados con los temas, se toma ‘selfis’ con los lambones que no faltan, almuerza platos típicos en comedores informales, abraza campesinos, escucha con expresión de dulzura a las señoras víctimas de la violencia, que perdieron hijos y maridos; promete con la mano en alto restituir sus tierras a los desplazados, besa muchachitos —antes, los de seguridad les limpian los mocos— y, como los marineros de Neruda, “dejan una promesa y no vuelven nunca más”. Las órdenes presidenciales son cascadas que bajan de ministros a gerentes, de estos a jefes de departamento, después a auxiliares y otros subalternos y, finalmente, gracias al omnímodo poder de los mandos medios, que solo acatan a sus padrinos políticos, las órdenes presidenciales se ‘arreglan’ para sacarles jugo económico y electoral…, o no se hace nada, que es lo más común. Y, al cabo del tiempo, se acusa al presidente de incumplido, y se organizan marchas de protesta, con pedreas y taponamientos de vías incluidos, para que finalmente se haga lo que se pudo ordenar desde el despacho presidencial, sin tanto desgaste, personal y familiar de los funcionarios; altos costos y pérdida de tiempo.

Ese estilo de gobierno es más populismo que ‘acercamiento democrático’, no da resultados tangibles, invierte mal los presupuestos y no conduce a ninguna parte.

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