Miércoles, 19 Jun,2019
Opinión / DIC 17 2017

El árbol de la hospitalidad

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Una bella historia bíblica relata que huyendo de los soldados que cumplían la orden impartida por Herodes de matar a todos los niños menores de dos años, María acompañada de José y llevando en sus brazos a Jesús, lograron salir ilesos de esa persecución gracias al acogimiento de las frondosas ramas de un Enebro que les brindó protección. Desde entonces se denominó el árbol de la hospitalidad. 

Esta imagen simbólica expresa una virtud valorada como ninguna en la antigüedad, pero que aplica como anillo al dedo al desafío de hoy de acoger a quienes son distintos a nosotros, darles alojamiento en nuestro corazón y atendiendo a su definición de abrir las puertas de la casa a extranjeros, lo sea también para abrir las del alma, de nuestro pensamientos y creencias. 

La hospitalidad actúa como una fuerza que impulsa a vencer el miedo que nos da la diferencia. Un pretexto para poner en cuestión los prejuicios que nos impiden dar la condición de recibir nuestra consideración, comprensión y aceptación solo a quienes tienen similitud con nosotros por ser del mismo sitio, condición semejante o tener lógicas idénticas. s un acción que nos une, hace énfasis en la cercanía porque nos muestra la condición común de humanidad que tenemos todos. Estar en disposición de hacerle sentir a aquel a quien no conocemos, de quien diferimos o a “quien no es como nosotros”, cariño, ternura y cuidado, es el reto contemporáneo.

Por supuesto no es tan fácil ponerlo en práctica en este tiempo en el que estamos muy centrados en el bienestar individual, en defender “mi metro cuadrado” y en el que cada uno se defienda como pueda. Pero también en el que no siempre paga ser solidario y tener empatía y compasión con los demás. Pero los anhelos por hacer un mundo mejor, así no nos toque a nosotros, sigue siendo una fuerte motivación y dando sentido a nuestras vidas. 

Recuperar la hospitalidad implica salirse un poco de sí mismo para mirar alrededor, recibir al extraño y volverlo un conocido. Hacer un esfuerzo, muchas veces enorme, por entender lo que lo lleva a pensar, sentir y actuar de maneras que no siempre compartimos. Por ser como dice Humberto Maturana, un filósofo chileno muy cotidiano, compañeros de sufrimiento, lo que implica condolerse con las penas del otro, pero ta mbién regocijarme con sus alegrías.

Esto de agradar a los huéspedes, entablar diálogos con los que no conocemos, acoger al otro con los brazos abiertos lo he recibido con abundancia de mis padres, mis hermanos y diría, sin modestia de mi familia en general. Única herencia que deseo con todo mi corazón legar a mis hijos. 

El dulce sentimiento de la hospitalidad puede ser una propuesta en estos días navideños en los que abunda los buenos deseos, emociones amables y en vacaciones por el Quindío donde la hospitalidad se da silvestre. 

¡Les deseo una feliz Navidad llena de gratos y amorosos momentos!

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