Lunes, 21 Oct,2019
Opinión / JUN 15 2019

El arte de matar

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En El arte de matar, de Jonathan Santlofer, “matar no es un crimen; matar es un arte”, reflexiona el protagonista mientras saca un cuchillo y degüella anónima e impunemente a un transeúnte cualquiera en pleno centro de Madrid sin que la víctima ni el resto de viandantes entiendan lo que ha ocurrido.

 

Lo proferido recientemente por la Corte Constitucional, respecto de la permisividad de ciertos comportamientos en espacios abiertos, me lleva a recordar a mi exalumno Juan Carlos Henao Pérez, quien, luego de haber sido presidente de esa alta Corte, pasó a desempeñarse como actual rector de la universidad Externado de Colombia.

Con base en algunos discernimientos, mi exdiscípulo, en la última carta me escribió: “Quiero decirte claramente que fuiste quizá el profesor que más influyó durante mi educación en el colegio San Juan Berchmans. Agradezco en particular la formación que me diste en filosofía”. 

Como el máximo principio ético frente a la guerra dice: “Si para garantizar los derechos comunitarios se requiere del sacrificio individual, deberá invertirse hasta la vida en defensa de ese bien supremo”.

Otro principio filosófico básico dice que para mediar es necesario no estar aliado a ninguna de las partes, razón por la cual, respecto del asunto que me ocupa, por lo menos me siento con autoridad para opinar, sin compartir.

Una de nuestras propensiones recurrentes ha sido la de ser, intencional o ingenuamente extranjerizantes, ya que tendemos a copiar, adoptar y hasta legitimar todo lo que llegue de fuera.

Tendencias políticas, teorías económicas, modelos educativos, propuestas sociales, creencias religiosas y, en fin, todo lo que haya sido calificado como exitoso en otras sociedades, lo importamos e implantamos sin mediar alguna adaptación, adecuación o aclimatación. 

Pero, como una cosa es legislar para sociedades cultas y desarrolladas y, otra muy distinta, para comunidades incultas y en proceso de desarrollo como las de nuestro hemisferio, los resultados observables serán sustancialmente imprevisibles.

Que en un Estado de Derecho cada individuo pueda expresar libremente su personalidad, no pasa de ser una utopía riesgosa, ya que en aras de defender esa libre individualidad, los demás, que constituyen mayoría, resultan perjudicados, desapareciendo el ‘bien común’.

El vestido convertido en disfraz; la música degradada en anti-música; el baile transformado en contorsiones; el buen hablar degenerado en vociferación; el gusto refinado cambiado por ramplonería; la armonía sepultada por la desproporción; la belleza suplantada por la fealdad; las palabras reducidas a siglas; las proposiciones cambiadas por frases sin sentido; el buen hablar reemplazado por palabras de alcantarilla, explicarían que, así como en tauromaquia se consolidó el arte de matar, con el tiempo, acabar con la vida de los demás, podría asumirse como libre expresión de la personalidad o, como obra de arte, debido a que relajadas la ética y la moral, las costumbres se convierten en leyes cuando las instituciones son incapaces de controlar los desafueros sociales.


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