Domingo, 16 Jun,2019
Opinión / FEB 22 2019

El botellón político

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Botellón es un juego que consiste en que los participantes hacen fila y se inclinan para que los de atrás salten sobre ellos, en un sinfín que termina cuando los jugadores se cansan o cuando alguno, al saltar, cae mal y se luxa un tobillo. Algo parecido sucede en las elecciones para cubrir cargos públicos, en las que el botellón consiste en que los políticos encartados judicialmente, detenidos o inhabilitados, se agachan para que sobre ellos pase un amigo o pariente cercano, a quien le endosan los votos y el andamiaje electorero, reservándose el derecho de seguir manipulando los hilos del poder y de percibir parte de los ingresos económicos que reciba el beneficiario. En los casos de los pensionados, cuando el que asume la curul es un pariente cercano, los ingresos familiares se duplican y se abre el abanico de las posibilidades laborales para el resto de la parentela, porque ya son dos para el tráfico de influencias.

Otra novedad que se observa en las contiendas electorales es la de los “mascarones de proa”. Esa era una figura humana o animal que se colocaba en la parte delantera de las naos antiguas, para que el monigote trajera buena suerte a los navegantes o intimidara a los enemigos, en las batallas navales. En el caso de la política, los mascarones de proa son personajes de relevancia, que atraen votos, por su prestigio, por el poder político o económico que tienen o por ser intimidantes. Esto último se da en regiones dominadas por grupos armados irregulares. También se usa utilizar como señuelos a deportistas exitosos, periodistas con alta audiencia, artistas de televisión, ex secuestrados que hayan sido muy publicitados, cantantes y músicos populares, ex reinas de belleza y otros, sin necesidad de que sepan nada del cargo que irán a desempeñar, porque para eso están los tutores, que se encargan de indicarle al elegido qué debe hacer. Éste solo tiene que asistir a las sesiones, contestar a lista, dejarse ver en las actividades proselitistas, mojar prensa con frecuencia y cobrar las dietas, buena parte de las cuales tiene que abonar a la tesorería del partido que lo avale. Al desprestigio de las instituciones públicas hay que agregarle, entonces, la ineptitud de muchos de sus miembros, cuyos hilos de marionetas mueve un político curtido, ducho en marrullas y tramoyas,  de los que estuvieron apoltronados en una curul durante legislaturas sucesivas, atajando a otros aspirantes, tal vez con mejores condiciones, pero menos cancheros, o sin plata para financiar campañas. Lo anterior es lo que produce la apatía ciudadana y causa el abstencionismo, que no es falta de patriotismo de la gente, ni negligencia en el cumplimiento de los deberes democráticos, sino falta de motivación. Lo que se ve en los aspirantes a las próximas elecciones para diversos cargos públicos es lo mismo; y pocas caras nuevas, por el desprestigio del sistema.

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