Jueves, 20 Sep,2018

Opinión / DIC 01 2016

El caballo

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Poco antes de morir en el exilio londinense, el novelista cubano Guillermo Cabrera Infante escribió un artículo de prensa que tituló –con chispeante plasticidad lexical–: ‘La Castroenteritis aguda’. Allí, entre bromas y deslumbrantes imágenes, el autor de Tres tristes tigres criticó la peculiar costumbre de Fidel Castro de querer tener la última palabra incluso en discusiones ajenas a sus conocimientos prácticos: el Caballo –así llamaban los cubanos de a pie al fallecido dictador–, como un consumado mago, ante las cámaras de televisión sacaba de la chistera teorías descabelladas de todo.

 ¿Y qué hacía la gente al escuchar los disparates de Fidel? Asentir. Este es, en efecto, el verbo predilecto de los déspotas de izquierda y de derecha. Él, el líder máximo de la revolución cubana, durante las cinco décadas de su gobierno buscó de todas las formas posibles el asentimiento de los ciudadanos de la isla: por las buenas o por las malas. Cuando el hechizo de su personalidad arrolladora no cautivaba a los interlocutores, acudió a la caza indiscriminada: prohibió los partidos políticos de oposición, clausuró la prensa independiente y patrocinó campos de trabajo a los cuales fueron llevados a la fuerza los disidentes políticos además de homosexuales, testigos de Jehová, sacerdotes, entre otros sujetos molestos para el régimen castrista.

Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, es un elocuente testimonio de la existencia dantesca en esos sitios.
Ningún otro dictador –nótese, por favor, que llamo las cosas por su nombre– en América Latina embrujó a los intelectuales y a los periodistas como lo hizo Castro: desde la lejana entrevista con Herbert Matthews–corresponsal de un diario gringo– hasta las postreras apariciones en ropa deportiva el Caballo posó con destreza ante auditorios repletos y sedujo con sus artes a los letrados. Pescó en río revuelto: supo usar a su favor la justa indignación latinoamericana ante las arbitrariedades de la potencia del Norte.

Le plantó cara al imperialismo estadunidense –actitud que le granjeó la simpatía de medio mundo– pero no tuvo problema alguno en convertir su isla en un satélite del no menos infame imperialismo soviético. Castro condenó en el estrado una y otra vez la injerencia yanqui en el Tercer Mundo mas aprobó dócil el aplastamiento de la Primavera de Praga en 1968. En sus interminables soflamas lanzó consignas que en buena medida condicionaron la vida política del continente. En 1969, con voz de trueno dijo: “Con la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

Esta encrucijada entre los buenos –quienes pensaban como él– y los gusanos –el resto del planeta–alimentó la falsa creencia que los cambios sociales solo eran viables siguiendo al pie de la letra las recetas comunistas. Nada más alejado de la realidad: las reformas, incluso las más radicales, se pueden hacer respetando las reglas de juego de la democracia liberal, del Estado social de Derecho.

Para reducir los índices de analfabetismo y de desnutrición infantil no hacen falta ni confiscar las libertades civiles y políticas de la población (véase el informe emitido por HRW al conocerse la muerte de Castro) ni perpetuar en el poder a un locuaz caudillo.

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