Domingo, 18 Nov,2018

Opinión / AGO 10 2018

El cangrejo en su cueva 2

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Existe un doble discurso en Colombia. Simboliza en este largo proceso hacia la modernización lo denominado por Gaitán el 20 de abril de 1946, quien así lo visualizó: el país político y el país nacional.

El primero, una Colombia insensata, se parapeta detrás de canonjías y privilegios. En ese país, desconectado del resto, ocurren los negociados de lo público con el objeto de engordar a un establecimiento insaciable y cruel. 

En esa Colombia, las EPS o las compañías de comunicación telefónica y de televisión, doblegan al interés común y ven en cada nativo un sujeto de mercado, es decir, un producto desechable como lo es casi todo en la moral actual del consumo. 

En ese país, indolente, unos pocos llegan a la vejez con una pensión mínima o digna. En ese país, ya lo sabemos, los políticos, unidos al gran empresariado, a los cacaos y a los representantes de los gremios económicos, dictan las políticas públicas y convierten al Estado, como al actual, en el cuarto de máquinas de sus dinámicas productivas. 

En el país político, la ceguera autogestionada es la salida para la conciencia. Allí, en ese coto de caza, los narcotraficantes han sabido entrar por la puerta de atrás de nuestra casa para inficionarla con sus esplendores banales, copar la sala y las habitaciones, llenarla de lujos y oropel —de éticas acomodaticias y estéticas populacheras— y hacerla dependiente del dinero fácil y de las fugas efímeras de las adicciones.

En ese país, país de penumbras, de dobles contabilidades y falsos bolsillos, la emergencia social está atada al dinero público —a ganarse el baloto de ser un político o un funcionario bien ubicado— o al presupuesto arrebatado al interés común. 

Por lo mismo, se pueden entender las lógicas y la praxis del nuevo gobierno. Los nombramientos de los ministros del presidente Duque —quien por voluntad propia quedó retenido y empalizado entre los países dispares, entre los dos discursos— responden a las necesidades de la endogamia del país político: el gran empresariado ayudó a elegir a Duque y él, retórico para los muchos pero efectivo para otros, nombra ministros perfectos para que el statu quo se mantenga y, claro, persevere en un crecimiento económico falaz y unidireccional. 

Duque, el señor presidente, es un hombre sensato, que buscará respuestas a su bonhomía en el reino de la tecnocracia, de donde brotan tecnócratas a montones, seres dotados de información de vanguardia pero que no entienden la complejidad de una nación rota, estallada, y encallada, en los matices púrpura de su propia diversidad. 

Duque, quién lo pensara, dio un salto enorme en la equidad de género desde la representación política. Insiste, también, en un concepto de unión, de despolarización, que a nadie convence, excepto a los de su país político: coalición de gobierno y monopolios económicos.

El país nacional, por su parte, mayoritario en estadística, minoritario en medios y modos de producción, advierte, apenas sobreviviente, que sus sueños, medidos en la dureza de la calle y la informalidad, no encuentran la puerta abierta, al menos una hendija, de ese otro país de conciudadanos.

Volvemos, de medio lado, como caminan esos crustáceos, a la cueva del cangrejo de hace 62 años. Ya lo escuchamos el 7 de agosto: en el piso de arriba del poder, sobrepuesto a nuestra casa, las risas y las burlas cunden desvergonzadas. 

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