Lunes, 12 Nov,2018

Opinión / AGO 03 2018

El cangrejo en su cueva

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Acaba el Ejército de Liberación Nacional, esa guerrilla anacrónica y cruel, de darle munición a la máquina de guerra soñada por los violentos, reclutados en los partidos de ultraderecha y derecha de Colombia.

La negativa de esa guerrilla, de firmar un cese al fuego concertado, nos llevará al desmadre de una batalla sin fin, que afectará a los militantes de esa facción, a los soldados del ejército y, en especial, a la sociedad civil de las zonas de influencia. Y otra vez, como esa confrontación entre las colombias pobres no ocurre en nuestros patios, estimularemos desde nuestras respectivas burbujas la balacera terrible en territorios marginales.

La estulticia del Eln no tiene fin. El gobierno de Santos, como lo hizo con las Farc, ofrecía un acuerdo digno entre enemigos. El gobierno de Duque, personero de quienes niegan la ocurrencia del conflicto —como si fuera posible negarlo— pedirá, como se prevé, más que la negociación una rendición del grupo insurgente. Y ahí será Troya.

El cangrejo, que camina hacia los lados y hacia atrás, volverá a su cueva, donde las aguas dulces y pútridas lo esperan para cocinar en sus propios jugos el plato de la demencia colectiva. 

Hace pocos días el Centro de Memoria Histórica, orientado con rigurosidad por el académico Gonzalo Sánchez nos explicaba la dimensión, en datos, de nuestro conflicto en los pasados sesenta años. 

Dice ese organismo que desde 1958 las víctimas documentadas ascendieron a 262.167, de las cuales 215.005 fueron civiles, personas que, en teoría, nada tenían que ver con el conflicto. Y que 46.813 combatientes murieron en el fragor de una disputa territorial que, en Colombia, parece infinita. Fue, y es, una guerra alimentada con el pellejo de los más pobres de Colombia. 

En esa guerra de 60 años, para ponerle estolones al desierto, 80.514 colombianos fueron, por cuenta del arte de birlibirloque del desquiciamiento, desaparecidos en su propio país. Refundidos en la manigua del olvido.

¿Quién nos da razón de ellos? 

Otro análisis requiere la cifra de secuestrados, 37.094, tal vez el delito más representativo desde lo mediático y social, en razón a que intervino e impactó a rangos sociales de mayor prevalencia económica. Un delito, el secuestro, que nos obnubila de rabia e impotencia a todos, porque en su ocurrencia se suspende y se aniquila la dignidad humana. 

El cangrejo, enfebrecido por el instinto, no suelta su presa. En ese mismo informe del Centro de Memoria Histórica, una iniciativa que nos reivindica como país, lo mismo que la Comisión de la Verdad, quedaron registrados 15.687 casos de violencia sexual. Bien se sabe, además, que la mayoría de víctimas, en este caso, son niñas y jóvenes de las zonas de conflicto.

Como lo dijo el historiador norteamericano Steve Stern, en la entrega de los diez informes a la Justicia Especial para la Paz, las víctimas no desean venganza, en su mayoría. Ellas, impulsadas por su ansia de conocer y comprender, anhelan la narración de los hechos: la verdad.

Dos veces, una mayoría relativa en el país —porque son más los indolentes—, votó en contra de la pacificación del país. 

Y millones de veces, muchos, no nos cansaremos de hablarle a esa parte de la nación, paralizada en sus emociones, que hoy se muestra como sorda, ciega y vociferante.

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