Lunes, 25 Mar,2019
Opinión / DIC 27 2018

El compromiso de un padre

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Hace un par de años, hojeando un libro, encontré un viejo manuscrito. Era un texto dirigido a un adulto, cuyo autor era un padre arrepentido. Su contenido me sobrecogió, pues revelaba el remordimiento que sentía ese hombre al haberse privado de instantes valiosos en los que no compartió con su hijo cuando era pequeño.

El mensaje, que aún conservo, dice lo siguiente: “Hijo mío, mis manos estuvieron tan ocupadas que muchas veces no tuve tiempo para jugar contigo. Cuando traías tu libro de colorear y me pedías que te ayudara, yo siempre me excusaba. Muchas veces decidí no acompañarte a un juego, porque mentía diciendo que estaba cansado. Ahora, al final de mis días, desearía haberlo hecho cuando tú lo pedías, porque la vida es corta y los años andan con prisa. El niño que conocí creció tan rápido, que ya no se encuentra más a mi lado para confiarme sus secretos.  El libro de colorear está guardado, ya no hay más juegos por compartir o más besos de buenas noches. Mis manos antes ocupadas y vitales, ahora están quietas y envejecidas. Los días ahora son largos y difíciles de llevar. Quisiera hijo mío, regresar en el tiempo y hacer las pequeñas cosas que me pedías que hiciera”.     

La lectura de ese texto, incluso en corazones fríos, no deja de generar  remordimiento. Vivimos en una época de ocupaciones excesivas, de cargas laborales, sociales y financieras que no dan tregua. De pérdida de privacidad a causa de una esclavitud consentida. De un uso irracional de dispositivos móviles y una enfermiza adicción a las redes sociales. 

No tenemos tiempo para lo verdaderamente importante, solo para lo urgente. Vivimos atentos a cumplir las expectativas de otros y no las propias. Olvidamos el valor de un no a tiempo. Permitimos que otros se apropien de nuestros espacios, de nuestro ocio, del descanso necesario sin medir consecuencias físicas y emocionales. En medio de compromisos que no cesan, dejamos de lado momentos de esparcimiento y compañía aspirando alcanzar niveles de vida que proveen cosas y sustraen afectos. 

Así, he visto el rostro de adolescentes que reciben como regalo autos, costosos equipos, ropa de marca o dinero, para atenuar esa soledad a la que siempre han sido expuestos. Jóvenes que crecen emocionalmente solos, aun si están rodeados de “amigos” que admiran y anhelan aquello que poseen. Jóvenes sin empatía por los problemas del otro, criados en mundos fríos e instrumentalizados.

Ojalá reflexionemos sobre el mensaje que trae la carta. Los hijos crecen, pronto dejan de ser niños, tenemos un gran compromiso como padres, aún es tiempo de enderezar el camino.

Adenda: Feliz año para nuestros amables lectores y para el maravilloso equipo de LA CRÓNICA.  

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