Lunes, 24 Sep,2018

Opinión / MAR 15 2018

El cuento, mecanismo para indagar

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Para retratar una vida con todos sus dramas y altibajos, con las pasiones y frustraciones de la cotidianidad y el mundo contemporáneo, pueden bastar unas pocas páginas. Así lo comprobamos cuando nos acercamos al trabajo de narradores que han apostado por la brevedad, construyendo universos ficcionales de gran precisión y belleza, y enalteciendo esas condiciones tan humanas y apasionantes como lo son las de ser portadores del lenguaje y contar historias siempre.

Aunque en Colombia la tradición cuentística ha tenido una fuerza intermitente, en la última década hemos visto emerger una generación de autores que se han tomado el oficio muy en serio, honrando con su devoción y respeto por el género la memoria de cultores clásicos como Policarpo Varón, Adel López Gómez, Hernando Téllez y Álvaro Cepeda Samudio. De la nueva hornada, el payanés Andrés Mauricio Muñoz (1974), viene construyendo una obra con una gran solvencia narrativa y estilística que ha merecido el elogio de la crítica y los lectores. 

Con su tercer libro de cuentos, Hay días en que estamos idos (2017), Andrés Mauricio ha ratificado que tiene un gran pulso para la forma breve de la narrativa, y que además es un observador acucioso de la vida y sus injusticias con el ser humano. Finalista del IV Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana de la Universidad Eafit, el libro se compone de seis cuentos en los que a hombres y mujeres de la clase media-alta se les va la vida en el ejercicio de administrar sus mezquindades, pasiones y miserias cotidianas, domésticas. 

Ser padres, o querer serlo, sin tantos aprietos económicos pero con las contrariedades que imponen el carácter ambivalente de una pareja y los atropellos de una sociedad desaprensiva, es uno de los temas que atraviesan los cuentos Lore, el niño no aparece; La mata, la matica; y Agatha solo quiere jugar con Jimena. En ellos el conflicto y la paradoja se entretejen tan bien que como lectores sentimos la dureza de las circunstancias que sumen a los personajes en un pozo de amargura.

Sin salida ante la toma de un rol dominante por parte de su pareja se ve el hombre que protagoniza Juliana tiene mundo, y aunque pueda haber un resquicio por donde se asome la piedad, es consciente de que “nunca hubo un antes y tampoco habrá un después”, de que la vida y el amor a veces son igual de indolentes. Abril narra otra caída en picada, en este caso la de una actriz, en un notable guiño del autor al clásico largometraje de Billy Wilder Sunset Boulevard.

De aire cortazariano, y tal vez uno de los mejores cuentos del autor y de la narrativa colombiana de los últimos años, Cuestión de registro pone el acento en la fragilidad del hombre ante el devenir de las circunstancias adversas, extrañas, y como estas nos llevan al borde de la locura.

Los lectores entusiastas del cuento no podemos menos que agradecer a un autor que nos permite asomarnos a otras vidas, a otros dramas, de una manera precisa y bella, como siempre se logra en la lectura de un buen cuento.

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