Viernes, 19 Jul,2019
Opinión / ABR 18 2019

El escritor en su laberinto

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El 17 de abril de 2014, falleció en México Gabriel García Márquez, máximo exponente del interés del mundo por la literatura hispanoamericana. Su vida y obra, ha sido suficientemente estudiada por biógrafos y críticos literarios.

Sin embargo, hay historias que corren el riesgo de extraviarse en los laberintos de la memoria. Una de ellas, sucedió el 12 de abril de 1996 cuando el Nobel ofreció una conferencia ante un auditorio colmado de oficiales de las Fuerzas Militares. Gabo, fue invitado en aquel entonces a la Escuela Superior de Guerra para participar en la Cátedra Colombia. Ese espacio académico, que aún existe, fue creado por el general Manuel José Bonett Locarno, para ofrecer a la oficialidad la oportunidad de compartir con personajes provenientes del mundo político, cultural y económico. 

Al general Bonett y al novelista les unía una amistad de vieja data. Su mamá, doña Albertina Locarno, cienaguera que conocía a la perfección la cultura y genealogía de la región Caribe, fue consultada en numerosas ocasiones por el escritor. Sus relatos, nutrieron las páginas de aquel fabulador de imaginación y creatividad incomparable. 

García Márquez inició su intervención, recordando que era apenas un niño cuando escuchó hablar por primera vez de los militares. Fue por boca de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, veterano de la Guerra de los Mil Días, que escuchó sobre la historia de la matanza de las bananeras como se conocía en ese entonces.

Comentó además, que “[…] algunos amigos que conocen mis prejuicios —sobre los uniformados— piensan que esta visita es lo más raro que he hecho en la vida. Al contrario, mi obsesión por los distintos modos de poder es más que literaria —casi antropológica— desde que mi abuelo me contó la tragedia de Ciénaga. Creo, no obstante, que mi verdadera toma de conciencia empezó cuando escribía Cien años de soledad. Lo que más me alentaba, era la posibilidad de la reivindicación histórica de las víctimas de la tragedia”. Pero fue imposible, afirmó García Márquez, “[…] no pude encontrar ningún testimonio de que los muertos hubieran sido más de 7, y que el tamaño del drama no fuera el que andaba suelto en la memoria colectiva”. 

Finalmente, el escritor cataquero sorprendió al auditorio al hacer una especie de confesión: “[…] Ustedes se preguntarán por qué en lugar de relatarla en sus proporciones reales, la magnifiqué hasta el tamaño de 3.000 muertos que fueron transportados en un tren de 200 vagones para arrojarlos al mar. La razón, en clave de poesía, es simple: yo estaba trabajando en una dimensión en la cual el episodio de las bananeras no era ya un horror histórico de ninguna parte sino un suceso de proporciones míticas, donde las víctimas no eran iguales y los verdugos no tenían ya ni cara ni nombre, y tal vez nadie era inocente”. 


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