Martes, 20 Ago,2019
Opinión / JUL 17 2019

El escritorio de Luisfer

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El asunto tuvo pronta y feliz solución. Recibido en donación el mueble dado de baja del inventario, por intercesión de mi jefe, contador de Cementos Samper, considerados dimensión y peso, me planteaba como peliagudo reto trasladar el armatoste hasta el ascensor, acomodarlo en su interior y llevarlo luego al exterior del edificio, sin ayuda de terceros.

Presionado por un perentorio plazo de evacuación, cavilaba sobre el caso al regreso de una pausa de mediodía, cuando observé, asomando de la terraza, dos niveles arriba del piso 9, edificio Camacol, carrera 10 entre calles 19 y 20, justo en línea vertical respecto a nuestra oficina, el providencial brazo de un cabrestante electromecánico recién instalado para realizar obras de reparación en la cubierta. Permisos en mano, julio o agosto de 1978, convenida la maniobra tomada a diversión por ingenieros y operarios, aquel sábado temprano desmontamos uno de los vidrios frontales de la fachada, y con algún esfuerzo, no exento de riesgo, el antiguo escritorio gerencial de la empresa, línea Art Deco, elaborado en madera de cedro, contrachapados del mismo material, sus gavetas, divisiones, escondrijos, extensiones laterales e insólitos artilugios, empleado décadas antes por Juan Pablo Ortega, prominente ejecutivo colombiano del siglo anterior, más tarde presidente de Avianca durante tres lustros de resonante auge, terminó izado, cara al sol capitalino, y dejado intacto en la plataforma de una camioneta, en el aún tolerable tráfico bogotano, rumbo a mi vivienda. 

¿Cuántos coroteos, incluida la venturosa reubicación en Calarcá, Quindío, padeció en mi poder? Doy fe de haber contado con su compañía tras dos —¿o tres?— separaciones de pareja, la misma cantidad de quiebras económico-anímicas, aunque por suerte ningún desalojo judicial. Cohabitó con mis hijos en sus infancias, sufrió fisuras en la cubierta de vidrio original por sobrepeso en el estante superpuesto o por fogosos apremios; contuvo, entre lo confesable, documentos, fotografías, libros y objetos amados, discos, casetes, grabadoras de sonido, correspondencia secreta; cómplice además de la concepción y parto de Poetintos…

Lo observo a distancia mientras trascurre la reunión en el patio interior de la casona, sede del Museo Gráfico y Audiovisual del Quindío, donde pervive como objeto todavía útil desde hace diez años, cuando lo di en donación. Imposible haber hallado mejor receptor. Un moderno monitor electrónico color platino brilla sobre su lomo. Nos convocan allí el aprecio, el reconocimiento ciudadano hacia Luis Fernando Londoño, gestor, realizador y doliente del museo durante los últimos trece calendarios, el deseo de colaborar con calarcariñoso entusiasmo en la preservación y fortalecimiento de su empeño social y personal. Momentáneas dificultades en su salud y la consabida carencia de apoyo material obligan a la comunidad local a salir al rescate de la institución, única en el país, referente obligado en construcción de identidad local, regional, y de memoria histórica. El escritorio, un pretexto apenas para nuestro abrazo y acción solidaria. 


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net