Lunes, 10 Dic,2018

Opinión / OCT 29 2018

El hambre, problema nacional

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El diario El Tiempo en su edición del 18 de octubre, trae una interesante crónica de Juan Gossaín sobre el hambre que sufren miles de familias en la ciudad de Cartagena y 5 millones de personas en Colombia —el 10% de la población—. Y trae a colación una fotografía del mismo diario donde muestra una cantidad de gente en el basurero de Puerto Carreño, capital del Guainía, en tropel para llegar al camión que botaba basura en el lugar. Agregaba que de acuerdo con una investigación periodística muchas personas aguantan hambre mientras se desperdician cada día 30 toneladas de alimentos dañados.

Lo extraño y paradójico es que sea precisamente la ciudad de Cartagena la que presenta una mayor desigualdad entre la pobreza y la riqueza, la abundancia y la escasez, siendo la meca del turismo, la más visitada por propios y extranjeros, la de hoteles y apartamentos de lujo, y donde más dinero se mueve no solo por parte de los turistas sino en las transacciones inmobiliarias y de negocios en general; una ciudad donde residen 270 mil personas que viven con 8 mil pesos diarios.

Pero si miramos bien ninguna ciudad del país escapa a esta situación del hambre de muchos colombianos: Bogotá, Cali, Popayán, Medellín, Quibdó, La Guajira, etc. Sufren el impacto social que conlleva la falta de alimento en muchos hogares. Armenia también tiene este problema en sectores deprimidos que nadie visita, donde se combinan el desempleo, la poca o nula educación, los servicios públicos deficientes y las graves falencias en salud. La desnutrición conlleva a las enfermedades, un niño menor de 6 años mal alimentado tiene daños cerebrales irreversibles.

Los indigentes cuyo número crece a diario en las ciudades —Armenia cuenta con cerca de 900 habitantes de calle— no tiene comida, ni vivienda, ni vestuario, ni salud; es un caos social en aumento ¿qué hacen las autoridades por esta pobre gente sin fortuna y sin futuro? El hambre lleva consigo a otras situaciones no menos difíciles para nuestra ciudad: la delincuencia, el microtráfico, la prostitución, el desorden, la drogadicción y las riñas callejeras.

Menos mal comienza a despertar en el país la solidaridad de algunas personas —incluidos sacerdotes católicos— para recoger comida sobrante de buena calidad en restaurantes y hoteles para repartirlos entre los hambrientos, labor benéfica que se inicia por estos días en varias capitales. En Armenia tenemos un ejemplo muy diciente con la misión que se ha propuesto el Administrador Apostólico, padre Carlos Arturo Quintero Gómez, con sus comedores de abuelos y gente necesitada.

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