Lunes, 19 Nov,2018

Opinión / AGO 09 2018

El hogar se ha ido quedando mudo

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Hasta el día de hoy no se sabe con exactitud cuándo los homínidos adquirieron la capacidad de usar un medio que les permitiera comunicarse como sociedad. 

La lingüística histórica se plantea dos hipótesis: la monogénesis, dice que todas las lenguas humanas derivan de una lengua ancestral que debió aparecer antes de la salida de los homo sapiens de África. Y la poligénesis, sostiene que debido a la migración obligada de unos primates de su hábitat debieron erguirse y esto modificó la posición de su laringe permitiéndoles producir más sonidos, lo que coadyuvó a cada grupo a generar su propio sistema de comunicación.

¿Cuál fue la motivación que llevó a estos pre-humanos a usar una lengua? Una huella la podemos rastrear en el antropólogo Bronislaw Malinowski, quien estudiando comunidades primitivas de Nueva Guinea, detectó que después de la jornada los pescadores y agricultores de las tribus se reunían alrededor del fuego y a manera de conversación se trenzaban en locuciones animadas donde los gestos exagerados, los gritos y las carcajadas orquestaban las pláticas. Pero le fue imposible traducir lo que hablaban ya que las palabras adquirían sentidos y significados diferentes a las utilizadas cuando estaban en las jornadas laborales.

Así que las conversaciones después de la faena y de tomar los alimentos fueron un incentivo para mantener el hogar avivado y liar los afectos permitiendo a estos grupos reconocerse como individuos pertenecientes a una familia y a una comunidad. 

Como lo manifiesta William Ospina en una columna de El Espectador donde cuenta que visitó a un familiar quien le expresó desde su lecho de muerte: “Yo no me quiero morir todavía porque aquí hay mucho con quien conversar”. Y agrega Ospina: “Qué bello es ver el lenguaje florecido en relatos vivos, ver volver en las palabras las aguas y las hierbas de otros tiempos…”

También lo dice Gabriel García Márquez en el epígrafe de su autobiografía: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

Sin embargo, hace poco, una invasión de insectos con antenas para alimentarse de las voces de los humanos se ha trepado instalándose en las paredes de los apartamentos; silenciando los hogares, mutando a sus habitantes en fantasmas que afanosamente buscan compañía en las redes sociales digitales.

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