Lunes, 23 Sep,2019
Opinión / JUL 04 2019

El hombre es un lobo

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Thomas Hobbes —1588-1679— teórico del despotismo, en su libro Leviatán, sostiene que el poder ilimitado del rey es bueno por definición, destaca las ventajas de obedecerlo, porque el precio de la paz es la libertad.

Este inglés afirma que renunciando a una parte de nuestra autonomía en favor de un dictador logramos independencia; ser sumisos al aparato estatal encarnado en el tirano cual gigante represivo pero también protector, da la emancipación a que podemos aspirar. No motivados en la generosidad, sino temerosos de los demás, por instinto de conservación. 

El telón de fondo de su vida fue la guerra religiosa de los Treinta Años —1618-1648— que enfrentó a monarcas católicos como los habsburgo, con calvinistas y luteranos hasta cortar la cabeza al soberano Estuardo Carlos I en 1649 por orden del parlamento de Inglaterra. Hobbes dejó la imagen de un Estado igual al temible monstruo bíblico apocalíptico pero sin dioses, según Ignacio Iturralde en La autoridad suprema del gran Leviatán. 

El hombre es un lobo para el hombre. La naturaleza egoísta del individuo lo hace feroz frente a sus semejantes; el humano es más feliz cuanto menos libre. Hobbes no tuvo compromiso doctrinal heredado, rompió con la iglesia tradicional escolástica. Su teoría del contrato social sirvió de base para las de Locke y Rousseau. 

Siguiendo al griego Tucídides —465-395 a.C— creyó en la ineptitud de la democracia, más juicio tiene un gobernante que una asamblea; firmar ese pacto con el Estado es lógico, racional y práctico. Mediante este tenebroso pensamiento, Hobbes elimina de un plumazo ciertos contrapoderes, los conocidos controles, pesos y contrapesos democráticos.

La Revolución Francesa —1789— marcó el final del antiguo régimen absolutista, hizo prevalecer las dignidades del miembro de la especie humana y el ciudadano que hoy conocemos como derechos humanos. El gobierno del pueblo no se sostiene desconociendo esas garantías consideradas inviolables. Hay peligro después de que nos absorbe el gobierno de una sola persona, porque resulta difícil disentir, modificar el cuerpo estatal desde dentro; pues el mortal se convierte en insignificante súbdito. 

Carl Schmitt, ideólogo político del nazismo, usó ideas hobbesianas para apoyar el totalitarismo a través del estado de excepción, donde se suspenden conquistas libertarias y el régimen usurpa atribuciones a fin de salvaguardar el poder autocrático del acorralado Leviatán.


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