Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / AGO 17 2018

El hueco infame

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El hueco infame es, como muchos asuntos en el Quindío, una olla de insensatez y corrupción. Alguna vez cuando asistí a una presentación del proyecto cultural de la estación me expresé en contrario a esa iniciativa, tal y como la sustentaban las autoridades municipales.
 

No se puede adelantar un proyecto cultural en una zona donde el hambre y la enfermedad —la drogadicción— cunden en el entorno geográfico y donde existe un embudo vial y geográfico, con el objeto de instalarle a los vecinos un museo o una biblioteca solo porque a los artistas y a los gestores culturales, a vuelo de buen ojo, les parece y porque a los políticos les gusta improvisar. 

¿Quién hizo un estudio técnico que diga que allí queda bien un centro cultural? 

Fui testigo de la recuperación del barrio La Candelaria en los años noventa, cuando doña Genoveva Carrasco de Samper —quien luego moriría trágicamente—, como presidenta de la Corporación barrio La Candelaria y el alcalde de esa época Juan Martín Caicedo Ferrer, sustentados en un plan centro para Bogotá, decidieron que ese sector debía recuperarse para la cultura y el turismo de la ciudad. 

Lo primero que ellos hicieron con la formulación de un plan integral fue intervenir desde lo social la zona, de tal forma que los nuevos emprendimientos tuvieran un respaldo en los mismos habitantes. Aquí, y es el gran equívoco, se pretende hacer al contrario: abrir oficinas, crear un museo e invadir el hábitat de una comunidad que no pide, particularmente, un centro cultural para resolver sus problemas. 

El plan centro de Bogotá, en ese momento, contemplaba a través del acuerdo 06 de 1990 grandes descuentos tributarios para constructores y empresarios que participaran de esa iniciativa, y así surgió, entre otras, al lado del barrio La Candelaria, la hermosa urbanización la Nueva Santafé de Bogotá, los edificios del Archivo Nacional y la Superintendencia Bancaria. Las tarifas de impuestos, además contemplaban beneficios para los propietarios de bienes raíces, los nuevos constructores de parqueaderos y el comercio que se instalara en el sector. 

En una conferencia doña Genoveva Carrasco decía que el barrio se había preservado en buena parte por la existencia de los inquilinatos de la zona, y que era indispensable vincular a los habitantes al proyecto del nuevo barrio La Candelaria. 

En Quito ocurrió algo parecido a una intervención intersectorial en su bello centro de la ciudad. Basados en tres preceptos, y con la idea de la conservación arquitectónica y cultural, formularon un plan de revitalización del centro histórico de Quito, que comprende el espacio público y el urbanismo, la cohesión social y la movilidad dentro de la zona. 

Si nos pudiéramos asociar por un momento —cosa imposible en esta tierra— se debería formular entre la gobernación, el municipio y la nación un plan centro para Armenia. 

Y la corporación de Cultura de Armenia y la secretaría de Cultura del Quindío, unidos, deberían entregar en comodato a los gestores del Museo del Arte del Quindío, Maqui, la sala Roberto Henao Buriticá y la administración de la plazoleta Centenario, después de techarla e intervenirla para mejorar su zona de exposiciones.

Sí, claro, necesitamos un museo y que gestores de las artes visuales como María Cristina Mejía, Ramón Manrique, César Martínez, Martha Alicia González, y otros, encuentren un mínimo respaldo a sus empeños culturales.

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