Lunes, 23 Sep,2019
Opinión / JUN 23 2019

El legado de Adel López Gómez

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Nació en Armenia el 18 de octubre de 1900, y a los 20 años se trasladó a Medellín, donde inició su oficio periodístico. Años después se radicó en Bogotá y se vinculó a Cromos, El Gráfico, Revista de las Indias, Revista de América, El Tiempo y El Espectador. La labor más notable la desarrolló en La Patria, de Manizales, donde se residenció en 1940 por el resto de sus días.

Allí sobresalió como uno de los cuentistas más importantes del país. Maestro de la crónica y del género costumbrista, sus artículos en La Patria representan un dechado de pulcritud idiomática y belleza literaria. Esta virtud le valió el ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua y el doctorado honoris causa conferido por la Universidad de Caldas. 

Un día le dio por irse a vivir sin esposa ni hijos al Urabá antioqueño como almacenista de una empresa constructora de la carretera al mar. Sobre este episodio hizo años después esta confesión: “En 1939 me marché a las selvas de Urabá. Quería un tratamiento de violencia para cierto sarampión pasional y extramatrimonial que se había apoderado de mí”. Frutos de esta fugaz aventura fueron la novela Allá en el golfo y Cuentos del lugar y de la manigua. 

El primero de tales libros fue publicado en 1995, como obra póstuma, por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. El autor no tuvo interés en que saliera a la luz durante su vida. En él pinta las características de aquella región plagada de contrabandistas, miseria, enfermedades, pasiones borrascosas y convulsos dramas humanos. 

Adel López Gómez es autor de más de 20 obras publicadas. Ejecutó su haber literario entre Medellín, Bogotá, Turbo y Manizales. Dejó inéditos los libros Escribe Eros, que reposa en la Biblioteca Piloto de Medellín, y Las ventanas del día, elaborado en un solo ejemplar, con bella ornamentación del pintor Restrepo Rivera, texto que está en poder de un pariente suyo en Cali. Una copia se encuentra en la biblioteca antes citada. 

Murió el 19 de agosto de 1989. Dos años atrás había deplorado yo su ausencia de La Patria, y así lo expresé en un artículo. Él me contestó que tan dolorosa circunstancia, después de cerca de medio siglo de labor continua, obedecía a su estado físico que le había hecho perder sus ritmos interiores. 

El filántropo Braulio Botero Londoño, fundador del Cementerio Libre de Circasia, me contó que la víspera del deceso fue a visitarlo al hospital y tuvo con él calurosa entrevista. Lo invitó a que pasara los días de la convalecencia en su finca Versalles, de Circasia, y en eso quedaron. Al día siguiente por la tarde se enteró de que lo estaban sepultando. 

Adel respiraba literatura por todos los poros. Las letras eran su credo y su esencia vital. Con su pluma dibujó paisajes, montañas, ríos, almas, alegrías y tristezas. Su prosa castiza y amena era la delicia diaria de sus fervientes lectores de La Patria. Pertenecía a la escuela de los grandes cuentistas antioqueños e hizo de Maupassant su maestro de cabecera. Su biblioteca y valiosos archivos están hoy en la Sala Antioquia de la Biblioteca Piloto de Medellín. 

Al cumplirse en los próximos días 30 años de su muerte, nada mejor que volver, como lo hace esta nota, sobre las huellas de este personaje emblemático de la zona cafetera que con su creación artística supo engrandecer el destino. 


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