Sabado, 21 Abr,2018

Opinión / DIC 31 2017

El mejor regalo

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Al caminar por la ciudad, se da uno cuenta, como el espíritu y ambiente navideño ha ido desapareciendo, por lo menos el popular. Ese que hacía que en los barrios se decoraran las cuadras, se hiciera natilla colectiva, se turnaran en las casas de vecinos para rezar la novena y que la gran mayoría le deseara a conocidos y extraños “feliz Navidad”, desde los primeros días de diciembre. Varias causas pudiera tener la tímida Navidad que vivimos, entre otras, la situación económica, la trasmutación de nuestras costumbres o simplemente una apatía generalizada.

Sin embargo, en esta época en que los niños y adolescentes están en vacaciones y muchos empleados también tienen algún tiempo para el descanso, deberíamos recordar en que consiste realmente la Navidad, que no es otra cosa que un reencuentro espiritual con nosotros mismos, con nuestras creencias religiosas o energía esencial, un tiempo de compartir en familia, renovar la amistad y de estrechar lazos, oportunidad para compartir y superar el estrés y ausentismo que obliga el trabajo, o la multitud de responsabilidades que todos tenemos en el día a día. 

Entré hace un tiempo a un establecimiento donde había un letrerito que decía: “No tengo wifi, hablen entre ustedes”, me llamó la atención y lo celebré, pues uno de nuestros grandes males en la actualidad es la alienación tecnológica, que sumado a los otros factores ya nombrados, han ido enfriando la interacción humana y convertido en un sentimiento de nostalgia, lo que otrora, eran estas fechas y la manera de relacionarnos entre nosotros.

No se trata de creer que la Navidad o el Año Nuevo por sí solos encarnen algo muy especial, sino en comprender que son tradicionalmente la excusa perfecta para volver a los amigos reales, mirarnos a los ojos mientras hablamos, escucharnos los problemas y alegrías, preguntarnos como estuvo  el día, el año;  tener verdaderas conversaciones de padres e hijos, valorar la familia que tenemos sin importa su conformación,  y dejar de creer que cumplimos porque nos “matamos” para conseguir lo necesario, porque lo material pareciera en estos tiempos, lo más importante, el fin último, sin darnos cuenta que con ese desvelo, sin menospreciar la imperiosa necesidad de suplir lo básico, hemos ido perdiendo  el valor de lo simple, el disfrute de lo sencillo. La humanidad decidió hacer fiestas y celebraciones para hacer un alto en el camino de la existencia y así, luego poder emprender con mayor ímpetu el devenir. En este sentido, Navidad y fin de año, deben ser un respiro para revisarnos, recargarnos y replantear nuestro horizonte, el proyecto de vida. Empeñémonos entonces, en dar el mejor regalo en sus múltiples versiones: tiempo, compañía, amor, amistad, sonrisas, abrazos, comprensión, lo poco o mucho pero con afecto, con la intensión firme de hacer parte de la vida de aquellos que nos importan. Esa intención, nos llevará, además a que en últimas, nos  interesemos en  todos los seres humanos. Es mi deseo, de todo corazón, que como individuos, familias y sociedad, podamos encontrar amor, armonía, tranquilidad, felicidad, pero sobre todo…..mucha paz sustentada en la justicia social y la democracia real para todos.

 

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