Lunes, 10 Dic,2018

Opinión / MAY 03 2018

El pasado en presente

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El 10 de mayo de 1957, luego de tres días de paro y la presión de los sectores políticos que lo llevaron al poder, el teniente general Gustavo Rojas Pinilla renunció a la presidencia de la República.

En su última intervención, los colombianos escucharon su voz a través de la Radiodifusora Nacional: “Para evitar que los soldados de esta Colombia inmortal […] se hubieran visto obligados a defender el orden y la legalidad haciendo uso de las armas, con inútil derramamiento de sangre […] he resuelto que las Fuerzas Armadas continúen en el poder con la siguiente junta militar...”.

Rojas nombró una junta integrada por los generales: Gabriel París, hasta entonces ministro de Guerra; el comandante del Ejército Rafael Navas, quien fue negociador de la transición con los civiles; Luis Ordóñez, jefe del Servicio de Inteligencia; el director de la Policía, Deogracias Fonseca, y el contralmirante Rubén Piedrahíta. La junta militar constituyó una salida sensata en momentos en que el país atravesaba una difícil situación, por cuenta de disputas partidistas que habían sumido a la ciudadanía en el escepticismo y la polarización.

Del 10 de mayo de 1957 al 7 de agosto del 58, los generales se encargaron de la transición del gobierno militar a la democracia representativa. De esta manera, con el compromiso de llevar el país a la normalidad, se nombró un gabinete paritario, se liquidó la Asamblea Nacional Constituyente y se convocó un plebiscito para ratificar las reformas a la Constitución. El 1º de diciembre de 1957, una abrumadora mayoría respondió sí a la pregunta de la consulta que dejó en firme un acuerdo para el reparto del poder político. No se estableció allí, como equivocadamente se afirma, la alternación del Ejecutivo, lo cual haría el Congreso en 1959 en el gobierno de Alberto Lleras.

Al final del mandato, honrando su palabra, los oficiales dejaron claro que tras cumplir con la responsabilidad asignada quedaba cerrada la posibilidad de intervenir en política a los militares. El 20 de julio de 1958, en su último mensaje al Congreso, los miembros de la junta advirtieron los peligros que entrañaba atraer a los uniformados al escenario del debate político: “Asumimos el mando en medio de dramáticas circunstancias de la vida nacional […] como retribución pedimos a nuestros compatriotas que no intenten nunca vincular a los miembros de la institución armada a ninguna empresa política […] El más grave error en que puede incurrir cualquier grupo político es el de empeñarse en ganar las simpatías de las Fuerzas Armadas. […] Un soldado honesto no puede mancillar su nombre, ni comprometer la dignidad de la institución, empleando sus armas al servicio de colectividades políticas…”.

Lecciones derivadas del pasado, para complejos tiempos presentes, que deben ser atendidas por políticos y partidos que pretendan ganar simpatías de quienes no pueden corresponderles. Los colombianos confían plenamente en unas Fuerzas Militares preocupadas por cumplir con la misión que les ha sido encomendada por las leyes de la república, y en cuya verdad descansan – con la libertad – la paz y el orden.

* Miembro Academia Colombiana de Historia Militar

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