Viernes, 21 Sep,2018

Opinión / ABR 08 2018

El secreto del porvenir

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La historia en el pensum oficial es conveniente y perentoria. Mucho más, si se tiene en cuenta que la historiografía moderna reivindica formas que no eran consideradas, por ejemplo, la cultura pop, el hedonismo, el pastiche, la irreverencia, la impostura intelectual.

Historias de la culinaria, de la moda, la belleza, la fealdad, los comics, la música, la arquitectura, el arte, que comparten igual importancia que la historia social o económica, constitucional y política, y de las cuales se ha de establecer una transversalidad para saber cómo se han influenciado unas y otras. La historia reconstruye el archivo, revisa las fuentes –primarias y secundarias-, se apoya en el aporte de las ciencias auxiliares y establece los límites de la interpretación. Hay una pedagogía en la historia, ligada al progreso y el cambio social, imprescindible a la cultura y a la idea de futuro.

La historia en la actualidad, se destaca por el recurso literario y expositivo, lejos de aquella forma del relato histórico acartonado y académico. Toca el corazón del lector interesado en saber del pasado, con nuevo enfoque y renovado estilo, y como apunta Jacobo Grimm, el historiador “libremente observa en torno el mundo del devenir, de los libres hechos y, por tanto, pone el acento sobre el verbo, la palabra incitante y dispensadora de la vida”.

A la historia habría que clasificarla como una ciencia humana, al igual que el arte, la poesía y la literatura, pero se distinguiría de estas, porque su objeto de estudio es rehacer un pasado que surge a los ojos del hombre moderno de un modo objetivo, realista y verdadero. Los hechos históricos no se prestan a distorsiones, a no ser que haya mala fe o por razones políticas, religiosas o ideológicas que tergiversan la verdad. La historia tiene una metodología rigurosa y manejo conceptual que supone esfuerzo superior y compromiso honesto; se adecua a las exigencias de disciplina científica y la asiste la responsabilidad social del historiador. Su relato está condicionado por la verdad y la objetividad, y por la pulcritud expositiva en el uso de figuras literarias y claridad del lenguaje. 

La historia no está terminada. Se enfrenta a serios problemas de reconstrucción de la memoria histórica, en cuanto a revisión y crítica de las fuentes y en lo referido con su origen, contenido y finalidad; esto porque nuestra imagen histórica es fragmentaria, no carece de errores y descubre que documentos considerados genuinos no son más que burdas falsificaciones. El historiador está obligado a luchar contra el error, la ignorancia y el engaño; dedica su esfuerzo a descifrar el pasado, con la esperanza de encontrar en él, el secreto del porvenir. 

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