Jueves, 23 May,2019
Opinión / ENE 24 2019

El toque de silencio

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Estos días de tanto desasosiego, como consecuencia del atentado terrorista en la escuela de cadetes de Policía General Santander, me llevan a hacer algunas reflexiones personales.

Soy oficial de la reserva activa del Ejército. Debo decir con absoluta honestidad que, pese a ser testigo muchas veces del horror de la violencia, el acto demencial planeado y ejecutado por el Eln traspasó mi alma. Sin embargo, no quiero repetir detalles que han sido expuestos por los medios hasta la saciedad. Mucho menos, incursionar en debates de expertos sobre complejos temas relacionados con el protocolo de negociación o el derecho internacional humanitario. Simplemente, quiero referirme a lo que significa ser cadete. 

Recuerdo con nostalgia mi paso como alumno de la escuela militar en Bogotá. A ella ingresé como cadete en 1984. Mi deseo, al igual que el de mis compañeros, era ser oficial del Ejército Nacional. En la primera semana, un teniente leyó una frase que resumía nuestra condición. Un fragmento del discurso inaugural de la escuela, pronunciado por el general Rafael Reyes en 1907: “Se citará al cadete como modelo de cumplido caballero que lleva por insignia la verdad, la franqueza y la hidalguía”. 

Los jóvenes integrantes de mi promoción, proveníamos de todos los rincones de la geografía. De orígenes sencillos, ansiábamos superar las dificultades propias de la academia y la formación militar para graduarnos como subtenientes.
La vida en una escuela militar o policial, aún si las misiones son distintas, tiene características comunes. El afán es la norma. La presentación personal y condición física una exigencia permanente, al igual que el cumplimiento a las órdenes. Pero si bien la disciplina es la condición esencial, el ambiente al interior de esos centros de formación no es distinto al de cualquier universidad. Igual que en las instituciones de educación superior hay momentos para fraternizar, para soñar, para cantar, para hacer deporte, para responder a los deberes académicos, para hablar de amores y desamores y, por supuesto, para jugar. Al final, son hombres y mujeres muy jóvenes, ciudadanos en uniforme, quienes se preparan allí.

En las mañanas, un toque de trompeta anuncia la llegada del día. En ese instante todo transcurre con rapidez: el baño, el arreglo de los dormitorios, el desayuno y el paso a las aulas de clase. Todas esas actividades, acompañadas por los alumnos más antiguos —los alféreces— quienes alientan con firmeza a sus compañeros. Al final del día, terminadas todas las actividades, suena el toque de silencio para pasar al descanso. 

En esos ires y venires se repiten rostros, voces y lugares comunes que van forjando verdaderas hermandades. Sin embargo, por cuenta de una acción perversa e injustificable, las voces de 21 cadetes no se escucharán más. Para ellos la barbarie decretó por siempre, un toque de silencio. 

* Miembro Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro.


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