Lunes, 17 Jun,2019
Opinión / FEB 01 2019

En beneficio ajeno

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El inolvidable amigo Berceo —de pila Bernardo Cano García—, un intelectual bohemio, como escapado del ambiente parisino de los poetas malditos, tenía una admirable manera de simplificar los hechos con términos contundentes, que en una sola frase recogían lo que para otros requiere despacharse con un largo discurso, o escribir un libro. Sobre el dicho “mala yerba no muere”, enseñaba así cómo se distingue la buena de la mala: “Arránquela toda y la primera que retoñe es la mala”. Para declararse imparcial en una controversia pública, de esas que levantan un polvero por cualquier asunto baladí, Berceo decía: “Si me quieren dar gusto, hagan lo que les dé la gana”.

Con honrosas excepciones, quienes suelen extenderse demasiado en sus escritos o discursos solo tratan de disimular su ignorancia, envolviéndola en un fárrago de explicaciones y citas innecesarias, para posar de eruditos. Lo único que consiguen con esto es fatigar a lectores o auditorios. La sabiduría, como los mejores perfumes y las joyas más preciosas, viene en pequeños y delicados empaques, es decir, se manifiesta con palabras escogidas, para formar frases breves, de fácil entendimiento y significado contundente. Los ejemplos son muchos, y corresponden a personajes que han permanecido vigentes en la historia, sin que los años los borren de la memoria colectiva. “La suerte está echada”, “Vine, vi, vencí”, “Sangre, sudor y lágrimas”, “La curiosidad es mejor que el conocimiento”, “El respeto al derecho ajeno es la paz”, “Difícil gobernar un país que tiene 200 variedades de queso”… Y también han trascendido imbecilidades con las que personajes opacos han tratado de disimular sus falencias, como “Aquí estoy y aquí me quedo”, “Fue a mis espaldas”, “Perdiendo también se gana”, “Es mejor ser rico que pobre”, y otras semejantes. 

“Errar es humano” dice la sabiduría popular. Se tolera que alguien se equivoque porque interpretó mal una norma. Pero obrar mal por cuenta de otro, o inducido por otro, para ayudarle a ganar algo para sí, más que ingenuidad es pendejada. Sobre el primer caso, Berceo contaba que alguna vez fue a confesarse y le dijo al cura: –“Me acuso de haber faltado a misa el jueves y viernes santos”. Y el confesor le dijo: –“Esos dos días no son de precepto. Pero como usted creía que sí, entonces pecó”. –“¡Ah!, según eso —replicó el penitente—, ¿si me hubiera muerto en estos días me habría ido para el infierno, no por malo sino por pendejo?” En cuanto al otro caso —equivocarse por cuenta ajena—, se da en política, cuando funcionarios que obedecen ciegamente instrucciones de su jefe, para conseguir la reelección de éste, o para captar recursos electoreros, por ejemplo, terminan cometiendo ilícitos, y pagando duras penas por ellos, sin lucrarse de nada, por una lealtad absurda. Es decir, por pendejos. 


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