Jueves, 20 Sep,2018

Opinión / JUN 03 2018

Ética del deber

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Hasta qué punto las emociones dominan y sobrepasan la razón humana es pregunta de urgente actualidad. Parece ser que un sujeto racional y autónomo ha dado lugar a la interiorización agresiva de un individuo enceguecido y apasionado, que es conducido a satisfacer sus creencias y es llevado por sus motivaciones a los límites del egoísmo, la vanidad y el deseo de poder. Es notorio en la esfera pública, allí donde se hace eco de miedos y temores infundados que siempre encuentran en quien descargar la inseguridad y la culpa por algo que es difuso e irracional. Los nacionalismos, la xenofobia, la intolerancia, son expresión de ceguera y estupidez; en la política y en la religión es donde mejor se cultivan, y en la desconfianza hacia el otro, ese perfecto desconocido.

Si la emocionalidad descontrolada toma la delantera, el instinto y lo más primitivo dice a sobresalir, y por tal, la agresividad, la conducta animal, el odio y el rechazo son las fuerzas que distinguirán el accionar humano. Son pasiones elementales y básicas, en las que no tienen lugar ni la responsabilidad social ni la actitud ética. ¿Cuál es, pues, la función de la ética del deber que proclama autonomía y valoración moral de la acción? ¿Y qué ha de ser de la razón crítica si somos conducidos por fuerzas ciegas y envalentonadas?

Las emociones son parte activa de la experiencia individual, en ellas se inscribe la historia de la persona y son atributo mayor por el que se le reconoce. Pero son fuerzas determinantes al condicionar el razonamiento y obnubilar la inteligencia si no se las contrarresta. De ahí que sea tan importante fortalecer la conciencia en términos de una ética de los deberes. Porque cualquier propósito consciente debería estar asistido de la pregunta ¿debo hacerlo? pues el hombre en concreto es un ser que enfrenta realidades que lo superan y lo doblegan y que, para no sucumbir, evalúa la mejor forma de proceder y la elección más correcta de acuerdo a un estado de cosas. La realidad, en el Fausto de Goethe, son figuras espectrales y sombrías: Necesidad, Escasez, Zozobra y Culpa. Están en la vida del hombre y lo acompañan en una existencia infatigable y definitiva.

Realidades como la escasez de alimento, limitaciones a la libertad individual, formas de esclavitud modernas, explotación exagerada de los recursos naturales, pobreza e inequidad, y tecnologías que han creado necesidades artificiales, superan en grande lo somático y síquico del individuo y generan zozobra e incertidumbre. ¿Sobrevivirá la ética a estas realidades? Sin embargo, es deber moral confrontar estas fuerzas y evitar que se impongan allí donde la irracionalidad, la intolerancia y el fanatismo es lo que predomina.

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