Martes, 13 Nov,2018

Opinión / NOV 04 2010

Grandes alcaldes de Armenia (I)

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El primer intento serio de ordenar el desarrollo urbano y socio-económico de la ciudad y de construir ciudadanía lo planteó el alcalde conservador Alberto Gómez Mejía, cuya administración fue un punto de inflexión en la desidia cívica, a través de una iniciativa cuyas líneas maestras estuvieron a cargo del arquitecto Alberto Mendoza Morales en 1975.

Gómez Mejía no sólo le confirió a la administración una visión moderna y un ritmo inédito a los mecanismos de procesamiento de las demandas ciudadanas, sino que sus acciones públicas les permitieron a los armenitas experimentar una gran confianza en la ética y la capacidad de su mandatario. Por primera vez se intentaba mirar holísticamente el proceso sociourbanístico a partir de la identificación de sus problemas básicos y de las necesidades sentidas, en una alianza progresista con la pluralidad de actores sociales y técnicos, que le dio impulso a numerosos proyectos muchas veces aplazados.

Fabio Arias Vélez inauguró con una alta votación el cargo de alcalde de Armenia por elección popular para el período 1988-1989 y fue —como suele decirse en la jerga administrativa—, el burgomaestre del centenario de la ‘Ciudad Milagro’. La ciudadanía de Armenia al elegirlo con abrumadora votación, intuía en este maduro y ético ingeniero civil de la izquierda liberal al gestor público cuya personalidad estaba tallada en el mismo roble de los grandes realizadores. Y así ocurrió, en poco tiempo reveló sus extraordinarias condiciones de administrador bien sustentado con capacidades para aportar las soluciones requeridas por las nuevas responsabilidades derivadas de la descentralización.

No era para menos: su dilatada y rica experiencia en la rectoría de la universidad del Quindío, de la cual fue dos veces su rector magnífico; en la presidencia de la Sociedad de Mejoras Públicas de Armenia —por muchos años su presidente—, en varios períodos de concejal y presidente de la corporación edilicia, sumada a un ejercicio profesional privado que lo caracterizó como ejecutor eficaz, le ganaron renombre nacional. En esa gestión pública Arias Vélez combinaba en dosis proporcionadas la política —con mayúscula— con la técnica y la austeridad con el humanismo, valores implícitos en su formación de demócrata integral.

Pero no era sólo su trayectoria de ejecuciones programáticas y la aplicación de ideales democráticos a las tareas en que se comprometió desde lo público. Era también la discreta elegancia de su comunicación indiscriminada con los armenitas, su caballerosidad y su capacidad para establecer diálogos allí donde las confrontaciones estériles impedían el fluir de los encuentros. Eludía la frivolidad en el tratamiento de los temas y llevaba de manera cordial a su contertulio a bucear en las honduras temáticas para intentar conocerlas a fondo, siempre quería ir más allá del aspecto formal y fugaz de las cosas, porque conocerlas en su esencia y en sus estructuras formativas era un objetivo detrás de cada intervención. Hubiera podido dedicarse a sus prósperas empresas, en las que también era un hombre visionario, sin embargo, su vocación de servicio a la ciudadanía lo condujo a estar en los primeros lugares del civismo, la educación y la política, sin permitir influencias dañinas.

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