Miércoles, 26 Sep,2018

Opinión / ABR 23 2017

Hablando de candidaturas…

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Ya es tiempo de hablar de candidatos. Es cierto que apenas estamos llegando al final del cuarto mes del año, pero el tiempo vuela: pronto, entre más pronto mejor, llegarán a su término los ocho años de desgobierno del señor Santos. En ese momento habrá que tener en cuenta qué hizo, qué dejó de hacer y cómo se recupera lo que se perdió, o se repara, en cuanto sea posible, lo que dejó averiado o maltrecho.

 


Por lo anterior, es evidente que los colombianos tenemos la obligación de empezar a considerar nombres, personas que podrían dirigir una tarea formidable, que implica el trabajo ordenado y armónico en diversos sectores. Veamos.

En primer lugar está el orden público. Está expresión no es diferente al significado pleno de una sola palabra: paz.

La paz no es solamente la renuncia al uso de las armas para que el debate político sea una controversia civilizada, la comparación pública de las diferentes ideas sobre los medios para conquistar el poder y la finalidad de su ejercicio. Hay otros asuntos que no pueden hacerse a un lado. Por ejemplo, la justicia social. Es evidente que de la noche a la mañana no pueden eliminarse las diferencias entre quienes todo lo tienen y los que carecen hasta de lo indispensable para subsistir. 

De otra parte, la economía se ha deteriorado, no solamente como consecuencia de la situación internacional, sino por errores manifiestos del gobierno. Podría decirse que ahora se empiezan a sentir los efectos del derroche de billones de pesos en propaganda oficial. El régimen gastó sumas exageradas tratando de convencer a la gente de votar SÍ en el plebiscito. De nada le sirvió, porque la mayoría dijo NO. Dicho sea de paso, Santos, como suele hacerlo en general, ignoró la voluntad popular y siguió adelante con su aventura de entregar el país a las Farc, pensando congraciarse así con Maduro, a quien llamó su “nuevo mejor amigo”.  Y esto no es asunto baladí.

¿Cómo aceptar que un centenar de congresistas contradigan la voluntad de millones de ciudadanos? ¿En dónde quedó la soberanía que “reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público”, según el artículo 3º, de la Constitución? ¿Acaso el pueblo no la ejerció directamente, al rechazar el tratado Santos- Timochenko, el 2 de octubre de 2016?

Si de todas maneras ya estaba “cocinada” la entrega a las Farc, ¿para qué esa farsa electoral que costó centenares de miles de millones de pesos al tesoro público? 

Como se ve, no será fácil reparar los daños causados por Santos. Esa tarea requiere un presidente que tenga inteligencia, energía, carácter; que conozca la administración pública; y que haya demostrado una honradez a toda prueba: que esté más allá de las tentaciones del gran dinero y por encima de quienes lo tienen.

Luis Alfredo Ramos Botero reúne esas calidades. Ha ocupado las más altas dignidades del Estado, y nadie ha lanzado contra él ninguna acusación que tenga siquiera apariencias de verdad. Es, por temperamento, conciliador, sin que esto implique que carezca del don de mando que requiere cualquier gobernante.

Además, tiene una virtud de la cual no puede carecer el que ejerce el poder público en su más alto nivel: la ecuanimidad. Definida como la “imparcialidad de juicio”, garantiza que el que manda no se inclinará ante los poderosos ni será soberbio contra los débiles.

Es, en estos tiempos de divisiones, de fraccionamiento de la opinión pública (fruto perverso de la decadencia de los partidos tradicionales); un hombre que no tiene enemigos, sencillamente porque no ha incurrido en faltas en perjuicio de nadie.

Alguien podría decir que no es conocido a nivel nacional. Aceptándola en gracia de discusión, esta supuesta descalificación pierde fuerza. ¿Por qué? Porque para hacerse conocer le sobraría tiempo antes de las elecciones. Y por otra razón: es preferible ser relativamente desconocido, que conocido por malo o por carecer de aptitudes.

Todo lo anterior, me permite decir que no vacilaré en depositar mi voto por Ramos Botero, si, como lo esperamos quienes lo conocemos, resuelve someter su nombre a la consideración de los colombianos. Espero que él mismo comprenda que ha llegado su hora, y no la deje pasar…

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