Martes, 22 Oct,2019
Opinión / JUN 16 2019

Hacer una promesa

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La promesa hecha —o la palabra empeñada—, en la concepción que se tiene de ella, no tiene reversa. Esto en razón a que una promesa se inscribe como un imperativo de voluntad de quien la profiere, y, por ello, está obligado a cumplirla aunque luego halle motivos para no hacerlo. Quiere decir entonces que una promesa genera un vínculo por el cual  romper con ella no se justifica, y de ser así, se estaría ante la exigencia de dar explicaciones por el incumplimiento y de si se hizo lo necesario para reparar en las consecuencias.

 

Aquí importan las implicaciones morales, porque una promesa es el anticipo de una acción a futuro y una realidad que se actualiza en un momento determinado y que por tanto tiene  consecuencias en el marco de expectativas de quienes se hacen depositarios de lo prometido. Es un acto de confianza y fidelidad al compromiso; de ahí que si alguien se burla, deshace o rompe el pacto se pone en situación delicada como para dejar de creer en él. Esto en el entendido de que se sabe en qué consiste la acción de prometer y cómo es efectuar acciones de esta índole. Una promesa supone autonomía e independencia, y al estar inmersa en el mundo social, quien la hace debe anticipar las consecuencias de una ruptura y, de ser posible, buscar la forma de enmendar las cosas. La promesa configura un espacio moral en el que no se duda de quién lo dice, pues la sociedad humana y la propia conducta dependen de ello. Es la responsabilidad moral de hacer una promesa, de modo que quien la rompe, ha de saber que en adelante se expone a ser excluido de un “mundo moral” al que difícilmente podrá regresar.   

Lo acontecido con la revista Semana viene a ser una promesa fallida: ocultó información crucial, necesaria y pertinente a sus lectores, no la publicó y esperó a verse confrontada en sus razones al momento de ser descubierta por no hacerlo  Rompió con la promesa a sus lectores y suscriptores de —Colocar la información por encima de terceros que puedan limitar el  derecho de saber lo que pasa—. Ahora bien, no se trata de cualquier información, sino de algo relacionado con la política y la realidad colombiana: “los falsos positivos”. Directriz semejante, que recuerda tiempos aciagos y tenebrosos, la muerte de más cinco mil jóvenes, engañados y acribillados por el Ejército, no es algo que se pueda dejar pasar. Una bofetada a la moral pública en un país inclinado a la violencia y a formas absurdas de hacer política y de combatir a un opositor, real o imaginario. Es un atentado contra la decencia allí donde la confianza en un medio de comunicación se pone en duda. 


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