Domingo, 16 Jun,2019
Opinión / OCT 29 2018

Hacia una geografía de la esperanza

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

250 asistentes y 36 experiencias de buenas prácticas para la vida, hicieron presencia en el primer encuentro denominado “Hacia una geografía de la Esperanza”, el 19 de octubre pasado en la universidad del Quindío, auspiciado por los fundadores de Buena Gente Periódico. Las siguientes son las palabras de la doctora María Leonor Vasco que por su originalidad e importancia, comparto con los lectores.

Para el Grupo de Investigación en Noviolencia, Paz y Desarrollo Humano, para Trabajo Social y para el equipo de Buena Gente Periódico es grato tenerlos en la universidad y es así porque cada uno de ustedes, sus vidas, los procesos y organizaciones que acompañan o agencian han llenado las páginas de Buena Gente, poniendo de presente que la realidad es diversa y que no es usual que los medios de comunicación le hagan justicia. Pareciera haber una disposición de los humanos a solazarnos en las noticias trágicas, en las manifestaciones de lo más oscuro que como sociedad o como individuos tenemos. Uno de los efectos de tal práctica es que el conjunto social se acostumbra a pensarse en clave de calamidad, desestima la solidaridad, la compasión, la dignidad y privilegia el desarraigo y la desesperanza. 

Por otro lado, en las Ciencias Sociales se distinguen dos maneras de concebir el origen de las problemáticas sociales y por tanto dos rutas de generación de transformación de esas problemáticas. En primer lugar está la que pone a las estructuras sociales, los modelos económicos y las lógicas de estructuración de las relaciones de poder y administración del Estado como determinantes de la vida colectiva; en segundo lugar, la visión que considera que son los individuos, con sus predisposiciones y condiciones personales los que definen los rumbos de los colectivos humanos. 

Ambas visiones tienen limitaciones y ustedes no solo son la demostración de ello sino que constituyen una salida a esa bipolaridad, pues reivindican la capacidad de generación de nuevos usos, comportamientos, cosmovisiones con origen en los microescenarios sociales donde se desarrolla la vida cotidiana de todos; pero lo hacen con una pretensión: crear ordenamientos sociales diferentes, impulsan concepciones filosóficas, por ejemplo, de relaciones entre humanos y ambiente más armónicas, es decir, que tienen la intención de convertirse en fuente de guiones y prototipos, como diría Howard Gardner, de alcance mesosocial. Esto le da forma a lo que se ha dado en llamar Geografía de la Esperanza, un núcleo que se conforma como veta de investigaciones pero también de intervención para los trabajadores sociales, una oportunidad para ver cómo desde lo cotidiano se hace la historia. 

En últimas, su presencia aquí y en sus lugares de origen, sus acciones, sus logros, sus dificultades son todas oportunidades para que la universidad restablezca un puente de mutuo aprendizaje: la academia ponga su saber al servicio del entendimiento del acontecer, pero también se dé la oportunidad de descubrir desde lo singular, desde las historias locales, los mundos que las personas construyen. Otros mundos posibles, más dignos, más sensatos que recuperen nuestro sentido de humanidad, eso es lo que tentativamente podemos llamar Geografía de la Esperanza y ustedes son la evidencia de que es posible. 


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