Martes, 20 Nov,2018

Opinión / JUL 19 2018

Historia local de la Infamia

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La captura y la renuncia de Carlos Mario Álvarez al puesto de alcalde de Armenia son prueba —como si hiciese falta una más, como si ya no tuviésemos suficientes— del descrédito y la bancarrota ética de la dirigencia quindiana. Elocuente espejo, la camarilla política local revela con sus vicios las carencias y las sombras de una comunidad amordazada —nosotros—, cómplice con la corrupción. El Quindío hace carne y latido el viejo adagio popular: los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Cada cuatrienio las elecciones se transforman aquí en subasta: pierden las ideas, ganan las billeteras gruesas, los diestros repartidores de tejas, contratos por tres meses, lechona, botellas de aguardiente, fiestas con cantantes de música de despecho.

Cada cuatro años los de siempre —da igual si se visten con el rojo del MIL o con el fucsia de Cambio Radical o se escudan detrás de un camello— hacen lo de siempre: competir por un botín burocrático, estirar las zarpas para adueñarse de la gorda y apetitosa ubre —los concejos, las alcaldías, la asamblea y la gobernación—: quieren exprimirla hasta hacerla sangrar. Mientras esto ocurre, los habitantes del departamento se hunden en el pantano del desempleo, la falta de esperanza y de halagüeños horizontes vitales. Por un lado, los secuaces de Alí Babá ponen en jaque las finanzas públicas; por el otro, los jóvenes de los barrios periféricos de Armenia y de los municipios se vuelven piezas descartables de los carteles del microtráfico y de las pandillas de sicarios. En síntesis, los ciudadanos gustosos vamos al matadero y elegimos a nuestros verdugos.

Corta ha sido la vida administrativa del Quindío. No obstante ya tiene una nutrida lista de funcionarios públicos mancillados por la deshonra. Imperativo recordar a los responsables de la debacle social del departamento. Tienen nombres: Emilio Valencia, Carlos Oviedo, Carlos Ledher, Alba Buitrago, Efrén Tovar, Mario Londoño, Belén Sánchez, Luis Fernando Velásquez, Amparo Arbeláez, David Barros, Ana María Arango, John Cohecha, Juan Carlos Giraldo, Édgar Cuervo, Héctor Urrea, Sandra Hurtado, Luz Piedad Valencia, Carlos Mario Álvarez, John James Fernández, John Jairo Rincón. Caciques risibles, napoleones en andrajos, los administradores del Quindío han pelechado a pesar de su grosera falta de valores democráticos y su mal disimulada voracidad. Duele decirlo, pero líderes no hemos tenido desde la muerte de Euclides Jaramillo. 

En la anterior contienda electoral pensé —ingenuo fui— que el triunfo de Carlos Eduardo Osorio iba a consolidar una ruptura cultural y social: muchos quindianos lo apoyamos con entusiasmo. Creímos en las banderas del grupo Misión Posible. Transcurrida la mitad de su mandato dos certezas se imponen: en efecto, vencimos en las urnas a la maquinaria de Sandra Hurtado. No obstante, en el Quindío las cifras de bienestar social no son alentadoras, distan de serlo: las redes del narcotráfico tienen la fuerza de hacer que el 80% de los homicidios esté relacionado con ellas. Los niveles de suicidio en el departamento no han bajado en estos años. Tampoco los de embarazo adolescente. Armenia sigue en la cúspide de las ciudades con mayor índice de desempleo. Y estos son apenas la cresta del iceberg.

De seguir por la senda de las malas escogencias políticas, este trozo de la patria —paraíso para muchos— dejará de ser una bella mentira y se convertirá en un verdadero infierno. Tal vez ya lo sea.

 

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