Martes, 20 Nov,2018

Opinión / AGO 09 2018

Historias olvidadas

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La celebración del 199 aniversario de la Batalla de Boyacá quedó extraviada entre los anuncios del relevo presidencial. Quizás fueron las Fuerzas Militares, en particular el Ejército Nacional, las únicas instituciones que rindieron homenaje a las glorias que hicieron posible la independencia. Es comprensible, pues lo que se valora en la milicia se desprecia en la política.

Tras la desaparición de la historia como asignatura, nuestro pasado quedó archivado en los anaqueles de las bibliotecas donde reposa como letra muerta. Mientras en Estados Unidos ciudadanos y estudiantes tienen referencia de los padres fundadores, de la Constitución, de sus guerras, en Colombia los textos y la manera como se enseña la historia dejan mucho qué desear.

Así, se desconocen los antecedentes de personajes anónimos y humildes que contribuyeron a forjar esta nación. No me refiero a quienes vistieron galones y charreteras, ni espadas con empuñaduras elegantes, sino a quienes —a pie descalzo— afrontaron la travesía de Pisba y sus rigores abrigados con ruanas para luego morir en el Pantano de Vargas o sobre el río Teatinos, en el Puente de Boyacá.

Historias olvidadas, como la del ordenanza Pedro Pascasio Martínez natural de Belén de Cerinza. Este pequeño, criado en un humilde rancho de vara en tierra, con la picardía infantil en los ojos, conoció al Libertador Simón Bolívar y a sus regimientos. Las banderas, la corneta y el tambor lo seducen. Quiere ser soldado, marchar en escuadra con el pecho firme y la cabeza en alto, pero aún era un niño. Sin embargo, cuando el ejército patriota abandona Cerinza, hay un soldado más en sus filas. Se le reconoce porque lleva sombrero de tapia pisada y un trapo como poncho que le sirve de uniforme. 

El ordenanza Pedro Pascasio, recibe la misión de cuidar el brioso caballo del Libertador. Pero la oportunidad de pasar a la historia como símbolo de honradez y entereza, llegaría en la Batalla de Boyacá. Allí, cercado de fuegos y lanzas, se derrumba el ejército de Barreiro. Los vencidos rinden armas y pendones. Los vencedores se abrazan y lanzan vivas a la libertad.

El niño soldado rastrea entre las piedras del campo y de repente se encuentra con el militar mejor vestido de los realistas. Le suelta varios golpes de lanza sobre la coraza, cuando el orgulloso oficial siente que la puya le roza la garganta, le ofrece una faja de onzas de oro, y le dice: “Yo soy el general Barreiro, toma y suéltame”. “Siga adelante o lo arreo”, responde con voz de emperador el niño de Cerinza. Luego, se presentaría ante Bolívar para entregarle el prisionero.

Por su acto de valor y honradez, Bolívar lo gratificó con 100 pesos otorgándole el grado de sargento. Tenía 13 años de edad. Entregado por el resto de sus días a los oficios de leñador y carguero, falleció este prócer en 1885.

Miembro Academia Colombiana de Historia Militar

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