Martes, 13 Nov,2018

Opinión / JUL 10 2018

Insistir sobre el aprendizaje de la paz

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En 1962 tres académicos colombianos, Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, sacaron a la luz pública el clásico libro La violencia en Colombia.

Este es un ejercicio intelectual y político de dejar memoria sobre el ciclo de destrucción que ha vivido nuestro país desde finales de la década del 40. Así como este, otros estudios se han encargado de exponer y explicar la violencia en el país, la de la década del 80, la de las guerrillas, la de los paramilitares, la del Estado colombiano, entre otras. A la par de los estudios académicos o periodísticos, las artes han tenido una participación activa en mostrar, contar, reflexionar, repudiar y denunciar la violencia en el país, por ejemplo véase el libro Arte y violencia en Colombia desde 1948. Colombia ha estudiado y narrado la propia violencia que ha vivido, y tanto académicos como artistas se convirtieron en expertos violentólogos.

El origen del proceso de diálogos para la terminación del conflicto armado en Colombia entre el gobierno nacional y las Farc-EP han dado unas nuevas condiciones para estudiar y narrar la historia de conflictos en el país.

El fin de este conflicto armado, que ha durado décadas, ha abierto espacios para aprender sobre la paz. Así, la posibilidad de recrear imaginarios y discursos sobre la paz ha sido uno de los resultados más valiosos de este proceso de dialogo.

Colombia actualmente enfrenta el desafío de continuar construyendo su historia a partir de la paz. La terminación del conflicto armado ha venido siendo un paso importante; sin embargo, sabemos que allí no se queda o no se logra la paz. “La paz es el camino”, dijo Mahatma Gandhi, por tanto, apostarle a la construcción de la paz implica ver un proceso, no un hecho que se selló con una firma, un apretón de manos o un abrazo. 

En los estudios de paz y conflictos se habla de paz negativa como el fin y por consiguiente la ausencia de conflicto armado, de guerra. No obstante, aquí no queda reducida la paz, es importante avanzar a la paz positiva, aquella que logra vencer la violencia estructural y, por tanto, garantiza y reconoce derechos para cada uno de los ciudadanos en un territorio. Hacia esta paz deseamos ir los colombianos, pero para ello necesitamos del concurso de cada ciudadano, pues la paz positiva es el correlato de un Estado democrático. 

Sin embargo, la paz positiva no es completa sin una cultura de paz que deslegitime aspectos culturales justificadores de agresiones y exclusiones. La cultura de paz hace tránsito entre los derechos y deberes fundamentales de cada ciudadano, satisfaciendo valores como la responsabilidad, solidaridad y autonomía.

Estos son conceptos claves que tenemos a disposición en esta época para insistir en el aprendizaje sobre la paz. Pero es importante orientar la mirada hacia las experiencias de la vida cotidiana que median en conflictos y se convierten en procesos sólidos de garantía de la con-vivencia, otra forma de entender la paz. Al respecto el concepto de paz imperfecta, entendida como experiencias de paz en medio de los conflictos, permite la regulación positiva de conflictos, visibilizando potencialidades y capacidades de construcción de paz. En esta perspectiva, desde los territorios tenemos una tarea importante: visibilizar y enfrentar las problemáticas propias de la vida cotidiana, entender y aprender constantemente a con-vivir.


Jorge Eliécer Molina
Columnista invitado

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