Sabado, 22 Sep,2018

Opinión / ABR 29 2018

Inteligencias múltiples

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Somos inteligentes de muchos modos. Tan inteligentes como por doquier hay diversidad humana. Howard Gardner destaca dentro de esta categoría la inteligencia lingüística, la lógico-matemática, la espacial o geométrica, la del cuerpo y el movimiento, la musical, la social y la del conocimiento de sí mismo. Menciona, también, la naturalista o capacidad de establecer relaciones y causas en los fenómenos naturales o sociales. Un ser complejo es la persona, con capacidades o destrezas que adquiere y desarrolla a lo largo de una existencia. Tenemos “el matemático”, “el literato”, “el deportista”, “el científico”… para indicar un atributo por el que alguien se hace notable. Lo cierto es que “Somos inteligencias colectivas —dice Gardner— interconectadas con quienes nos rodean, con sus intereses, valores, creencias, conocimientos, tradiciones y utensilios”. Inteligencias que conforman una unidad, una totalidad, en la que se insertan las personas cuyo aporte es un valor al desarrollo social y humano. La inteligencia vendría a ser el atributo mejor repartido en el mundo y contribuye, con su actividad, naturaleza y función, a una causa en común.

La inteligencia requiere de la noción de persona; es la razón por la cual está referida como atributo personal y que, con los sentimientos, las emociones y el carácter, da lugar a una voluntad que se aplica a la toma de decisiones y a la conciencia del libre albedrio. Es el fundamento activo y continuo que va en consonancia con el desarrollo de la persona y de cómo forja una personalidad en la interacción humana y en el ejercicio de la ciudadanía que solo es posible en cuanto inteligencia social. 

El asunto es cómo se manifiestan y desarrollan en la persona estas inteligencias, si tienen un carácter innato o son el producto del aprendizaje. Pero esto no obsta para que procedamos bajo el presupuesto de que el atributo inteligencia es asequible a todo individuo, claro está, si se presentan las oportunidades y los ambientes y si lo hereditario no se convierte en una barrera. Se añade que la capacidad no se da por sí sola, necesita esfuerzo, dedicación y voluntad para que sea una realidad.

El sentido práctico de la inteligencia no es una evaluación o un test, ella solo tiene sentido, según Gardner, en “la capacidad de resolver problemas, o de crear productos, que sean valiosos en uno o más ambientes culturales”. De ahí que el punto crítico de la educación es si promueve la inteligencia en ambientes y condiciones apropiadas o se limita a un quehacer repetitivo y verbalizado, que no fomenta capacidades y talentos, porque está desligado de la realidad y del imperativo social por el desarrollo humano.

 

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