Lunes, 23 Sep,2019
Opinión / AGO 24 2019

Juanita de Piendamó II

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Mi amigo Sebastián F. y su esposa, me abrieron la puerta hacia las virtudes de la sonriente y sencilla mujer a quien recibí en la terminal de Cali. Mi sibilino viaje, como otros emprendidos desde algún tiempo atrás, de nuevo sin compañías inexpresivas con el paisaje, se llenó de sincronicidades. 

Encuentros nada ocasionales, categóricos para mi vida afectiva y literaria. Fructuosos en mi razón poética del viaje y para mis búsquedas espirituales. Con su conocimiento empírico de las propiedades mágicas de las plantas, y con precisión sanadora que la ciencia desconoce o menosprecia, Juanita es heredera de una milenaria tradición indígena botánica, que utiliza compasiva con centenares de pacientes, hasta donde ella sabe y puede llegar. Como le ocurrió al etnomicólogo Gordon Wasson con la sabia chamana mazateca María Sabina, al revelar sus prácticas enteógenas, mi exposición no condesciende con escépticos. Ojalá buen porcentaje de lectores no pasen de leerme con curiosidad y sonreír socarrones. Mejor para ellos y para mí. Que los enfermos del cuerpo, sigan visitando especialistas; que los sofocados del alma y la mente, continúen ingiriendo prozac, ativan y otros psicolépticos. O visitando sicólogos. No hay inconveniente. Cada cual enfoca su angustia y sus conocimientos, sus dolores, hacia los métodos que le atañen. Yerba y curandera, alegrón y Juanita, saben hablarse sigilosos. En el pequeño recinto sin más adornos que un rústico crucifijo, asisto al prolongado, respetuoso silencio de los enfermos acostados sobre azules camillas, mientras sobreviene cuanto sucederá a cada individuo de los once admitidos inicialmente. Juanita atiende a partir de las cinco de la mañana. Observo gente de diferentes lugares de Colombia, esperando turno desde las dos de la madrugada. Allí, dentro del vaso de agua que cada quien recibe al acostarse, con el verde manojo de alegrón dentro, se materializarán diversos elementos de acuerdo con la enfermedad o problemas sobrellevados. Ignoro qué se dirán Juanita y su alegrón. Qué va a revelarme mi alegrón, desde los insólitos residuos que aparezcan en el vaso sostenido sobre algún lugar de mi cuerpo. Sin serlo, Juanita se aproxima a la tradición mazateca de los chupadores, mediante la cual el chamán extrae la enfermedad o el hechizo materializándolos en heterogéneos animales pequeños como sabandijas, insectos y gusanos; o fragmentos de cosas, vidrios, piedrecillas, masas y sangre, de acuerdo con padecimientos físicos o sicológicos de los pacientes. El mal, dentro de dicha práctica de curanderismo, emerge del cuerpo materializándose en forma de clavos, pelos, espinas, múltiples objetos extraños visibilizando energías causantes del daño. Así se facilita su expulsión. “En la magia verde usamos las plantas como fuente poderosa, tomamos su energía y la convertimos en magia capaz de trascender”, afirma el herbólogo Lucas Aquiles.


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