Lunes, 24 Jun,2019
Opinión / ABR 23 2019

La carta

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Albert Camus uno de mis escritores favoritos reflexionó sobre el suicidio señalando que era un acto valiente, un ajuste de cuentas consigo mismo; desde luego no lo justifico desde ningún punto de vista, pero existen casos especiales que merecen la atención general, como el del expresidente del Perú, por dos ocasiones, Alan García, heredero de una fuerza política vigorosa el Apra, muy unida a Colombia por el largo período de exilio de su fundador Víctor Raúl Haya de la Torre.

García dejó a sus hijas una carta estremecedora, en uno de sus apartes se lee: “En estos tiempos de rumores y odios repetidos que las mayorías creen verdad, he visto cómo se utilizan los procedimientos para humillar, vejar y no para encontrar verdades” y más adelante dice: “No hubo ni habrá cuentas, ni sobornos, ni riqueza. La historia tiene más valor que cualquier riqueza material. Nunca podrá haber precio suficiente para quebrar mi orgullo de aprista y de peruano. Por eso repetí: otros se venden, yo no”.

La carta es un legado afirmativo, valiente, un escrutinio final de su actos, según su leal saber y entender, de acuerdo a su criterio final: “Que Dios, al que voy con dignidad, proteja a los de buen corazón y a los más humildes”.

Como bien se sabe el expresidente peruano tuvo amistad con nuestro país que lo había exilado y en su gobierno sostuvo las tradicionales buenas relaciones con el país hermano; educado en Francia y con un liderazgo descollante desde su juventud; en los últimos años, se vio enredado en los sobornos de Odebrecht, firma fatídica que está produciendo un daño sin precedentes en materia de ética y moral pública, en la mayoría de países suramericanos, incluyendo a Colombia.

Fiel a los dictados de la ley y sus órganos ejecutores, García como antiguo mandatario y como abogado, debió presentarse con el mismo valor con el que asumió su muerte, para que los jueces del Perú, decidieran su suerte, con un debido proceso. No es un buen ejemplo su acto final, ni para su patria ni para la nuestra, sacudida por infortunios de corrupción nunca vista con tanta magnitud.

Y mucho menos esa debe ser la postura, pues sí, a la postre, era inocente, esa inocencia brillaría por siempre; pero si podría haber sido culpable, sería para su familia y sus familiares, la gota amarga que rebosa la copa.

Invierno generalizado

La Semana Santa ha estado literalmente pasada por agua, pero no obstante fue grato observar por los sitios de recreo, los parques y los pueblos, muchísimos turistas; produce mucha alegría este incremento de visitantes. Siempre bienvenidos.


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