Domingo, 18 Nov,2018

Opinión / AGO 23 2018

La choza del ermitaño

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Sócrates hizo de la filosofía una forma de vida y para lograrlo plenamente recurrió a votos de pobreza liberando el tiempo para dialogar con los ciudadanos en los rincones de Atenas hasta el amanecer. Fueron sus amigos Jenofonte y Platón quienes escribieron sobre su persona divulgando su pensamiento; también el dramaturgo Aristófanes lo representa en una canasta como un sofista cerca de las nubes en una de sus comedias.

Su personalidad tuvo tal trascendencia que Diógenes de Sínope conocido como ‘el cínico’, lo emuló viajando por toda Grecia en conversaciones solo o con otros sobre la importancia de coexistir con la naturaleza como los perros. Se dice que dormía donde lo cogiera la noche, y cuentan que volvió famoso un barril donde pernoctaba por largos periodos. Como Sócrates, tampoco dejó una obra escrita solo las anécdotas contadas por quienes lo conocieron.

Otro que siguió sus pasos fue Epicteto nacido en el Imperio Romano, llevado de niño como esclavo a la casa del liberto Epafrodito, secretario de Nerón el emperador. Sus dotes de inteligencia hicieron que su amo lo enviara a estudiar con el filósofo estoico Musonio Rufo.

Un tiempo después el emperador Domiciano expulsó a los filósofos de Roma aduciendo que afeaban la disciplina del imperio. Epicteto aprovechando la libertad que le otorgó su dueño fundó una escuela en Nicópolis Grecia, donde hacía sus disertaciones imitando a Sócrates, y a la que asistían muchos patricios romanos, entre los que se encontraba Flavio Arriano quien compiló en sus apuntes estas elucubraciones. Dicen que vivió modestamente en una choza a las afueras de la ciudad. 

Las anotaciones se conocen como el Enquiridión o el manual del arte de vivir, cuya divisa principal señala: “Concédeme la serenidad de aceptar lo que no puedo cambiar, el valor de cambiar lo que puedo cambiar y la sabiduría para reconocer la diferencia”.

Porque deseamos mal y contra Natura —decía— deseamos no envejecer o morir cuando es el destino trazado por la divinidad o la naturaleza que no podemos cambiar. Pero sí podemos desear lo que la divinidad o la naturaleza no nos dan pero nos lo permiten: alcanzar metas posibles que nos dignifiquen espiritualmente, profesiones que nos realicen y, con nuestra voluntad apartarnos de los cantos de sirena que ofrecen la vida y juventud eterna.

 

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