Miércoles, 19 Sep,2018

Opinión / MAY 08 2018

La culpa es nuestra

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La Fiscalía de Néstor Humberto Martínez, diligente y eficaz en la lucha contra corruptos y narcotraficantes no afiliados a las causas del uribismo o del vargasllerismo, tendrá que demostrar la participación del señor alcalde de Armenia, Carlos Mario Álvarez Morales, en los cuatro delitos que le imputa.

No será tarea difícil. Usted y yo sabemos qué tipo de apoyos y compromisos se requieren para ganar alcaldías, concejos, asamblea departamental, gobernación y Cámara de representantes por el Quindío. Sabemos qué torcido, qué trampa, qué marrulla. Sabemos cómo, cuándo y dónde se definen nombres y cuotas. Dónde, cuándo y cómo se juega el presente y futuro de los seiscientos mil habitantes de estas tierras. Y sin embargo seguimos estáticos, tan tranquilos y campantes como siempre, eligiendo y reeligiendo a los responsables de nuestra tragedia histórica. La culpa es nuestra, no lo dude. La culpa es suya y mía, cuando votamos a cambio de un mercado, un billete de cincuenta o la promesa de un contrato. La culpa es del dirigente gremial, político o social, cuando hace hasta lo inimaginable por perpetuarse en su cargo. La culpa es del docente, cuando su mayor preocupación es la de llegar incólume al 26 de cada mes. La culpa es del estudiante, cuando asume que asistir al colegio, a la universidad o a Facebook basta para cultivarse. La culpa es del intelectual, cuando su única aspiración es la de poder recitar en público las fuentes aprendidas de memoria. No sé a usted, pero a mí el contexto general del Quindío se me parece al de aquel paisito caribeño en el que García Márquez imaginó cómo sería el otoño de un dictadorzuelo. Razón tiene Antonio Caballero cuando afirma que lo del Nobel no es realismo mágico, sino realismo puro. Acá, en tierra cafetera, también el tiempo se carcome a sí mismo. Los hechos, porfiados, se repiten una y otra y otra vez. El progreso, lenitivo de la realidad y otras durezas, es apenas un idealismo. Quién se atrevería a desconocer que el Quindío es uno de los departamentos más atávicos de Colombia. Quién, a negar que la mentalidad de sus gentes se quedó atascada en los albores del siglo XX. Que sus criterios y juicios se erigieron consecuentemente con los preceptos dictados por el doble moralismo religioso. Es triste ver a los jóvenes quindianos tratando de huir de una sociedad que, no conforme con negarles la oportunidad de desarrollo material e intelectual que todo individuo merece, se atrevió a menospreciarlos.

Es trágico constatar que el virus del carrielismo no morirá con quién lo contagió a toda esta clase dirigente. Es una pena decir que fueron suficientes poco más de dos años para confirmar, por enésima vez, que la cura resultó peor que la enfermedad. 

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