Domingo, 25 Ago,2019
Opinión / JUL 24 2019

La inmigra I

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Al margen de la más grave crisis humanitaria en la historia del continente, obviada, dejada de lado como prioridad por la intelectualidad de izquierda, por sus plumíferos, enemigos irreductibles del establecimiento durante sus desempeños en cargos públicos, premiados luego con jubilaciones opíparas, flotantes nautas de otras atmósferas, donde el drama de millones de humanos nada significa –en términos ramplones, “se hacen los locos”-, cobran visibilidad otros aspectos del problema que poca atención y análisis hasta ahora han merecido. Abramos interrogantes: ¿Cómo se percibe y se recibe la presencia masiva de refugiados venezolanos en las distintas regiones colombianas? ¿Cuál es el perfil humano de quienes huyen de la patria de Bolívar? ¿Han ganado en audiencia o se han diluido en fraternidad espontánea las actitudes xenofóbicas, hasta hace poco desconocidas en Colombia, aunque comunes en otras latitudes? ¿En el plano socioeconómico, de qué manera afectan nuestras cifras macro, regionales, locales, la repentina afluencia de mano de obra y talento humano procedente del postrado vecino? ¿El fenómeno es sólo temporal o tiende a extenderse en el tiempo? ¿Cómo se proyecta en sus efectos la nueva realidad, hacia el próximo y mediato futuro? ¿Nos sentirnos vacunados contra calenturas políticas afines al fracaso chavo-madurista?

Estos, innumerables más, son interrogantes a resolver por analistas económicos y estudiosos de la sociedad. A falta de mediciones de opinión serias, atenidos apenas a contenidos de medios de información y redes sociales, el sentimiento que prevalece en la generalidad del país es de comprensión y tolerancia respecto a las víctimas de la tiranía cubano-venezolana que transitan hacia otros destinos o golpean nuestras puertas, sin ignorar manifestaciones aisladas de inconformidad por la inevitable formación de núcleos urbanos, de guetos, con perfiles conflictivos, y por acciones delincuenciales igualmente localizadas, sin que pueda hablarse aún de graves emergencias de inseguridad ciudadana originadas en los recién llegados. Juega también, a diferencia de otros países donde la recepción migratoria siempre fue intensa, una tradición de curiosidad, de amable bienvenida a cualquier foráneo, explicable quizás por la muy escasa presencia de extraños en nuestras comarcas. Colombia, en particular el interior del país, ha sido ajena a dinámicas semejantes durante su historia. 

Hay discrepancias mayores en cuanto al asunto laboral. Para muchos aspirantes a sumarse a la fuerza productiva, la sobreoferta generada es nociva, les resta posibilidades a los locales; para quienes demandan mano de obra, en cambio, el aporte de esa nueva fuerza productiva ha representado en muchos casos su salvación momentánea. El hecho, creo yo, irreversible, es la irrupción sostenida de una multitud de jóvenes, en la mayoría de casos no cualificados en lo laboral, hambrientos, sedientos, carentes de todo, con el propósito elemental de sobrevivir, su establecimiento en un medio, por gracia para ellos, no hostil, y la imposibilidad, por lo menos a corto plazo, de regresar a la tragedia de donde vinieron. 

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