Martes, 13 Nov,2018

Opinión / AGO 06 2010

La lucidez democrática de Hernando Agudelo Villa (I)

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Si se quisiera identificar la cualidad más sobresaliente en el espíritu de quien en vida encarnó la fascinante personalidad del doctor Hernando Agudelo Villa, habría que detectarla en su talante de pensador demócrata y en su condición de estadista cuyo amplio conocimiento de las estructuras de la sociedad lo llevó a hacer contribuciones centrales al debate sobre la crisis nacional.

La lucidez y la calidad de sus reflexiones no estaban solo en sintonía con las coyunturas complejas con las que un país y una sociedad desigual en constante confrontación ha intentado sobreaguar, sino que sus aportes teóricos y la inmanente acción de su trabajo sin pausas iluminaron y propiciaron procesos de largo aliento que entrañaban la formación de grupos humanos y la construcción de proyectos sostenibles como aporte sustancial al fortalecimiento democrático. Al lado de esta paradigmática y febril actividad por restablecer en el país y en el liberalismo una verdadera conciencia de justicia social y equidad, propició la movilidad política al interior de su partido en el que luego empezarían a florecer  nuevas ideas y promisorias elites del pensamiento que Agudelo Villa  había preparado en los Encuentros liberales (1966) y en el seno de la Sociedad Económica de Amigos del país.

Las características de su pedagógico liderazgo nacional y su prestigio internacional como miembro del comité de los nueve sabios y embajador ante la FAO, le  habían conferido ya un meritorio lugar en la galería selecta de las personalidades democráticas de la historia hemisférica al lado de Víctor Raúl Haya de La Torre, Raúl Prebisch, Gerardo Molina, Otto Morales Benítez, Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López Michelsen. Pero esas mismas condiciones de su intelecto —de formidables alcances epistemológicos— y la penetrante agudeza de sus análisis sobre la desigualdad y los derechos humanos, le granjearon la animadversión de la plutocracia derechista y de la tecnocracia neoliberal de su partido, cuyos actores más conspicuos utilizaron todos los recursos de poder para atajar sus justas aspiraciones de gobernar a Colombia con los instrumentos de la revolución democrática, cuando en 1976 se presentó como candidato presidencial.

Fue un gran parlamentario y sobresaliente ministro de Hacienda y de Desarrollo, un dirigente natural de su partido y un destacado polemista de las ideas. Grande fue su influencia en el hemiciclo legislativo en el que presentó iniciativas cuyas líneas avanzadas desataban grandes controversias en los sectores tradicionales y en donde convocaba con frecuencia a los ministros del régimen para rebatir de fondo sus políticas públicas retardatarias.

Planeaba cuidadosamente sus intervenciones y escribía en una prosa diáfana y fluida rodeado de libros y cuadros estadísticos en el silencio de su bien dotada biblioteca. Tenía el don de una oratoria clara, sin aspavientos retóricos ni concesiones a la demagogia.

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