Martes, 20 Nov,2018

Opinión / SEP 11 2018

La recurrente crisis de los caficultores

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Desde julio de 1989, cuando se rompió el Pacto Mundial del Café, que garantizaba unos precios de sustentación, los precios del grano se desplomaron y los caficultores quedaron a merced de la competencia y de la especulación de los compradores en las bolsas. 

La crisis se ha vuelto recurrente por variadas razones: los bajos precios internacionales, el alto costo de los insumos y la mano de obra, la baja productividad, la falta de innovación, la no utilización de variedades adecuadas, el cambio climático, la ralentización en la producción y la exportación, las variaciones de la tasa de cambio, la sobreoferta, etc.

Pero la actual crisis cafetera con los precios de la libra por debajo del dólar —que afortunadamente con la tasa de cambio devaluada ha permitido recibir más pesos por cada dólar—, se debe principalmente a la sobreoferta mundial, provocada por la enorme producción de Brasil de 60 millones de sacos, Vietnam 30 millones y Centroamérica 18 millones; que superan ampliamente la producción colombiana de 14 millones de sacos. En el caso de Brasil, porque gracias a su topografía y a la mecanización produce a menores costos.

También por la codicia desmedida de tostadores y comercializadores, que explotan de manera injusta el arduo trabajo de los productores. Compran la arroba de café en menos de 25 dólares, de la que obtienen 1.250 tazas que venden en promedio en Norteamérica y Europa entre 3 y 4 dólares cada una, obteniendo 3.750 dólares, equivalentes a $11.250.000 pesos colombianos, y solo le pagan a los caficultores cerca de $70,000 por arroba, menos del 1%.  

Esto representa un grave problema para cerca de 500.000 familias colombianas dedicadas a la caficultura, porque a los precios actuales están trabajando a pérdida, deteriorando las condiciones de vida de sus familias, que ya de por sí son lamentables; pues la mayoría de los productores y recolectores no tienen cobertura pensional. Según la Anif la informalidad rural es del 90%. 

La solución a esta delicada problemática incluye varias opciones que pueden ser complementarias, tales como: acordar un nuevo pacto mundial entre países productores. Diversificar la producción para no depender del monocultivo, y como este no es competitivo, se deben asociar para crear pequeñas empresas productivas. Alivio de las deudas de los caficultores. Para contrarrestar el cambio climático se debe retornar al sombrío para mejorar la producción de los cafetales, que permitirá reducir costos de producción. Reforzar el trabajo en programas de valor agregado. Insistir en una producción amigable con el ambiente, para no seguir contaminando con agroquímicos el ecosistema, ni los productos de pan coger. 

Los subsidios a la producción no son la solución porque con las limitaciones fiscales no son posibles y además son discriminatorios con otros agricultores. Mientras se logran acuerdos internacionales, con productores para limitar la oferta y con compradores para obtener precios más justos; se debe pensar en la posibilidad de crear un fondo de estabilización de precios, con recursos del Fondo Nacional del Café y algún aporte estatal. 

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