Miércoles, 19 Sep,2018

Opinión / SEP 10 2018

La segunda oportunidad

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Uno de los problemas más graves que tiene el Quindío —y tal vez el país—, es la drogadicción; situación de dependencia psicológica y física, de sustancias que alteran la conciencia, entorpecen las emociones, deterioran las relaciones interpersonales, afectan la salud, y, en general, conducen el alma del consumidor al infierno de la esclavitud.

Las dimensiones de la situación son difíciles de comprender, pues además de la adicción, existe una tenebrosa red, responsable de múltiples delitos, muerte, tráfico, dinero subterráneo y muchas circunstancias que impactan las estructuras sociales.

Quienes han amado a un adicto —pareja, hijo, padre—, saben que en verdad se conoce el averno y que es grande la impotencia, por ver a un ser lleno de potencialidades y valores, hundirse en el abismo del consumo de drogas y sus cada vez más perversas modalidades.

Sin embargo, existen historias poderosas, de seres inspiradores, que, habiendo conocido la drogadicción y sus laberintos; encontraron una mano extendida y un corazón generoso, que les permitió ver de nuevo la luz. 

En Medellín, en 1986, se encendió una antorcha de esperanza, un Faro fulgurante, que luego —en 1990—, extendió sus rayos hacia el Quindío. 

Se trata de un enfoque basado en evidencia científica, desde el modelo de comunidad terapéutica, es decir, una manera de intervenir a través de grupos humanos que se ayudan mutuamente y se apoyan para fortalecer el carácter, afianzar la personalidad y diseñar un proyecto de vida sustentando en la autonomía personal.

En la actualidad, Faro cuenta con 12 sedes a nivel nacional, que atienden a 450 beneficiarios en población de niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos, en Arauca, Norte de Santander, Huila, Antioquia y Quindío —próximamente en Tolima—. Se trata de una obra inspirada por el amor, la fe en el ser humano y una convicción: “Todos tenemos derecho a una segunda oportunidad”.

Salvar a un adicto y regresarlo a la libertad, es rescatar a un ser humano colmado de posibilidades, redimir a una familia prisionera del sufrimiento, recuperar a las generaciones futuras y en general, hacer algo maravilloso por la sociedad.

Se requiere creer que es posible, son muchos los testimonios de quienes, con determinación y constancia, lograron construir un horizonte de futuro mejor. Sí se puede, por eso es valioso que existan instituciones, que, con personas de corazón generoso y alma limpia, se enfocan en utilizar conocimientos en diversas áreas, para movilizar la conciencia y voluntad de seres humanos, que merecen y necesitan la opción de hallar un nuevo camino.

“Solo el amor vence”, solía decir la madre Laura Montoya. Es lo que se requiere, a manos llenas: un amor que persevere, y que, entre la firmeza y la esperanza, sea un Faro en el sendero de quien se ha extraviado.

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