Sabado, 22 Sep,2018

Opinión / JUL 22 2018

La Tierra

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Durante siglos los sin tierra padecían una pésima e injusta fórmula social. Los poderes quedaban invariablemente ligados a la posesión de predios, haciendas, fincas, terruños y sobre todo latifundios.

Eran pocos los tenientes y casi todo lo que podía pisarse era de ellos. La mayoría carecía de propiedades y trabajaban los cultivares de otros. No pocas de las revoluciones, en todas las civilizaciones que han existido, pretendieron distribuir tierra. Por cierto: ¡qué hermoso era aquello de la tierra para quien la trabaja!

Ahora pasa lo mismo: casi todo es de casi nadie, pero la riqueza es abstracta y vive en los sistemas informáticos. Como no se ve, cabe sospechar que no existe. ¿Se figuran que un día de estos nos demuestren que todo era una fantasía y que la riqueza sigue estando en lo que crece sobre los suelos?

Lo planteo, entre otros motivos, porque no son pocos los científicos, economistas incluidos, que consideran que la fertilidad de la tierra debería ser la vara de medir la verdadera riqueza. Lo tenemos mal porque desde hace un siglo casi nadie quiere tener tierra y demasiados, de los que las tenían, han sido empujados a vivir en un centenar de metros cuadrados con muchos tabiques y pisar cemento durante la mayor parte de sus vidas.

Somos el país que más ignora el día de la Tierra (22 de abril), fecha emblemática para todo el movimiento conservacionista mundial. Por cierto, tomo prestado de Jorge Riechman, el motivo de escribir con mayúscula y minúscula simultáneas la palabra que usamos para identificar el hogar común, de ahí la capitular, pero también es el punto concreto donde nos nacieron, el terruño, es decir lo que, por ser particular, conviene escribir con minúsculas.

Todos, en efecto, somos de la Tierra y de una tierra. Pero tanto la grande como la pequeña están siendo descuartizadas. Primero por la deserción masiva. No menos por la contaminación y el calentamiento global. Contundente resulta la cifra de que hace un siglo el 80 % de nuestros abuelos vivían en y de la tierra y ahora es menos del 15 % los que siguen en mundos rurales y menos del 8 % los que siguen cultivando o cuidando animales.

Todavía destroza más el que, en la actualidad y a escala mundial, cada día unos 200.000 campesinos dejen de serlo. Una auténtica catástrofe por mucho que seamos pocos los que así la interpretamos.

El resultado es que demasiados viven sin paisaje, es decir, sin vivaciadad entreverando sus vidas, sin lontananzas reclamando sus miradas... Por tanto con los tímpanos atiborrados de ruidos, con un caminar encarcelado por los pasos de cebra. Las mayorías fueron arrancadas de sus propias raíces por esa rara obligación que suponía no quedarse donde habían nacido.

A todos se les olvida que aceptar el destierro es convocar al desierto, que cunda la soledad más aterradora que es la de en nosotros mismos. La desertificación anímica es condición previa a la otra, la que usa a la sequía y al calor para expulsar a casi toda la vida.

Hace ya mucho tiempo que Ortega y Gasset advirtió que nos adentrábamos en algo mucho peor que un desierto: en un país con gentes sin paisaje.


Joaquín Araújo
Columnista invitado

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