Viernes, 18 Oct,2019
Opinión / MAR 06 2018

La Vieja

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Tumbada en un sillón de anhelos y utopías, la Vieja sueña trocitos de ayeres que fueron uno en su vigencia. Ayeres dispersos por el tiempo y las pequeñas desgracias. Fragmentos de pasado. Buhardillas siempre abiertas a la nostalgia. Recuerdos vivos en la mente de quien se resiste a morir en cualquier momento.

Cuando me siento a su lado, la Vieja levanta la mirada hasta mis ojos, y llora. Llora la tragedia de tantos lustros acumulados en su quebradizo cuerpo. Lustros que vienen pero no van, que pesan en el espíritu como una culpa. Desvío la mirada y sonrío. Tranquila, Vieja, le digo por decir, por no callar. Acaricio su pelo, pongo un beso en su frente y trato de recordarla como era, como no volverá a ser. Hasta hace poco, la Vieja me atacaba con su arsenal histórico de tiempos aquellos. Alertaba sus sentidos y dibujaba con palabras todos los dolores y todas las dichas. Hablaba de la muerte como el descanso de la vida, de la vida como canto rodado al que no vuelven los pedazos perdidos en la brega. Hablaba de La Violencia que le tocó vivir, de los cafetales abonados con sangre, de cuando en este Quindío el corte de franela fue el último grito de la moda. Fueron verso y narrativa sus historias. Monstruosas sombras de molinillos y guayabos tendidas sobre praderas ya olvidadas, beodez de carcajadas extintas por los malos años, encuentros de su memoria con coetáneos distantes, muertos insepultos en su recuerdo, deseos insaciables de arrojar el presente al averno de donde nunca debió salir. Un día juró condenarse a un hogar y a una familia. Fue su voluntad atar su cuerpo y sus pasiones a un esposo que, como reza el rezo, amó y respetó en las penas y las alegrías, en la salud y la enfermedad, todos los días de su vida, hasta que ya no pudo jugar a las introspecciones del alma. Fueron fe y esperanza los blasones de su escudo. Sobre ellos posó las rodillas para implorar a su Dios, camándula en mano, el bienestar para los suyos, el perdón para los ajenos. Luchó por librar a sus hijos de todo mal y peligro, de asmodeos y diablos cojuelos, de marxistas-leninistas y ateos, de pecadores y condenados. Se mantuvo firme e implacable frente a los argumentos que pudieran torcer el rumbo de su carrusel de creencias. La fidelidad a las tradiciones fue el as bajo su manga, el particular estilo de entregar su amor de piedra. El tiempo la derrotó. El mal de la senilidad minó su cuerpo y su razón. Ahora se enfrenta a la mayor de las fatalidades: tener que asistir a la propia decadencia. La Vieja se me parece a Colombia. El turno de llorar me corresponde. 


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