Sabado, 22 Sep,2018

Opinión / JUN 22 2017

La vigilancia sobre el lenguaje

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Durante algunas visitas a Cali tuve la oportunidad, hace ya muchos años, de conocer a un poeta, profesor de una Universidad y quien abiertamente me confesó su cercanía con el secretariado de las Farc. En una Feria del Libro celebrada en el Campus de esa Universidad se incluía una conversación de los dos sobre el papel de la poesía en la sociedad.


Llegado el momento yo me referí al papel que la poesía jugaba en mi vida y a la necesidad de que estuviera presente en un mundo dominado por la mezquindad. El poeta se levantó cuando llegó su turno y dirigiéndose al público dijo, sorpresivamente: “Ahí tienen a este paisa con las manos manchadas de sangre pues con el nuevo presidente paisa se ha iniciado la más tremenda represión contra las masas trabajadoras”. Y continuó su perorata acudiendo a los consabidos clichés sobre los paramilitares, el imperialismo asesino. Cuando terminó dije a los presentes que yo había venido a hablar de poesía, que me sentía agredido y por lo tanto me retiraba del salón. Para sorpresa del poeta y sus aceitados bucles la gente salió detrás de mí. En seguida me alcanzó una señora quien se ofreció a sacarme de aquel enmalezado campus. Recordé esto al leer en “El Espectador que Timochenko ha declarado que de aquí en adelante sólo la palabra será su arma.

Marx mostró, precisamente, la relación directa entre lenguaje e ideología política: ¿Cuál puede ser la palabra a utilizar por quien hasta hoy ha vivido dentro de un intransigente dogma totalitario? Las peroratas de Fidel Castro solo sirvieron para hacer dormir de tedio a unas masas “proletarias” de origen campesino. Y ¿Qué tal las alucinadas cacofonías de Maduro evidenciando el hecho de que se desfondó para siempre su cantinflesco populismo? Víctor Klemperer sobreviviente de los bombardeos de Dresde, gran filólogo, escribió un texto de indispensable referencia a este respecto: “El lenguaje del Tercer Reich”, clarividente análisis de la manera como se convierte el lenguaje humanizado en consignas alienantes que destruyen la consciencia de los individuos y los convierten en masas vociferantes. ¿Cómo podrá Londoño, alias Timochenko y sus intelectuales, comenzar a desmontar el lenguaje del totalitarismo e irlo haciendo permeable a la experiencia real de niños, indígenas, afrodescendientes, gays, madres perseguidas? ¿No tendrá primero qué reconocerlos como los seres humanos a quienes les negó su identidad a nombre de una infame idea de revolución? Al despojarse del alias y recuperar nombre y apellido ¿No nacerá en cada exguerrillero la responsabilidad moral que los hará reconocer como individuos? ¿Cómo entonces se podría dar un diálogo entre gentes de ideas diferentes?

El desmonte de un discurso totalitario que negó el derecho al pluralismo político ¿no supone la autocrítica en quienes han vivido prisioneros de una palabra vigilada que les prohibía pensar libremente? La libertad comienza por un lenguaje insumiso a todo dogmatismo. “La ausencia de justicia, recuerda Bauman, destruye el camino hacia la paz” Pero algo me preocupa cuando Victoria Sandino al definir drásticamente el nuevo feminismo fariano nos anuncia la “construcción de una nueva masculinidad”. ¿Le cortarán los bucles al poeta y perderá su inspiración “revolucionaria”? 

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