Jueves, 23 May,2019
Opinión / NOV 29 2018

Lecciones de la barbarie

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El martes 21 de noviembre de 1922, el diario El Tiempo publicó en su primera página un artículo que tituló Homenaje a la paz de Colombia. El texto, se escribió con ocasión de los 20 años de la firma del acuerdo conocido como Paz del Wisconsin, que puso fin a la Guerra de los Mil Días. 

En uno de sus apartes decía: “(…) la paz es la mejor garantía de la libertad y del derecho, la única palanca del progreso. En la paz llega la cultura a los espíritus y va acendrándose el respeto por las ideas y los derechos ajenos, que es la flor de la civilización. Celebramos 20 años de paz decorosa y libre no impuesta por las bayonetas, ni garantizada por la mordaza y las cadenas. La paz ha existido porque la impuso la conciencia nacional, porque supimos aprender la lección del desastre”. Ese era el sentimiento de los colombianos de entonces, el deseo de una paz duradera que evitara los desastres de la guerra.

A la firma del Wisconsin asistieron comisionados liberales y conservadores, el 21 de noviembre de 1902. Estados Unidos envió a un alto funcionario de la marina de ese país, además hizo llegar cartas a liberales y conservadores llamando a la unión. Vale decir que la firma se llevó a cabo en el acorazado Wisconsin, buque insignia de la flota estadounidense fondeado en aguas de Panamá, en ese entonces territorio colombiano. 

Uno de los presentes, el general liberal Benjamín Herrera, dudó en firmar, le inquietaba la presencia en el istmo de soldados norteamericanos quienes habían llegado por solicitud del presidente José Manuel Marroquín, en instantes en que el Senado de ese país discutía sobre la apertura de un canal interoceánico por Panamá o Costa Rica. Al final, Herrera comunicaría en un telegrama a Bogotá: “Firmada paz nacional. Tratado republicano honroso”.

Tres años de una guerra inútil, costosa y sin gloria, habrían de incidir duramente en todos los órdenes de la vida nacional. Las excesivas cargas económicas impuestas, las venganzas, el saqueo, las vejaciones a que eran sometidos los pobladores dejaron una huella imborrable en los colombianos. 

Apreciaciones imprecisas arrojan cerca de 100.000 muertos como balance sangriento. La postración, el desaliento, el empobrecimiento general que sucedieron a los enfrentamientos entre facciones políticas, habrían de sufrir como epílogo el más deplorable mutilamiento del territorio patrio en 1903: la separación de Panamá.

El general Herrera, artífice de la guerra y protagonista del acuerdo que la finalizó, escribiría en su famosa Proclama por la paz: “Que el gobierno, a cuyo honor queda confiada la suerte de la nación, por la equidad conjure los odios y con la pureza de procederes establezca la cordialidad”. 


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