Miércoles, 21 Nov,2018

Opinión / FEB 22 2018

Llegar a ser humano

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En el filme de Martin McDonagh “Tres avisos” la madre que ante el silencio de la policía local para investigar el asesinato y violación de su hija decide colocar tres vallas publicitarias al borde de una carretera para denunciar públicamente esta desidia —con la actuación prodigiosa del francés Mc Dormand— nos da la visión de lo que implica la reacción moral de esta mujer ante lo que considera una grave ofensa, no solo por la circunstancia de la muerte violenta de su hija sino por lo que realmente constituye una ausencia de justicia.

 

Dolor como pregunta, indignación necesaria con extrema ironía, señalamientos, incluso injustos, la materia misma del duelo y el olvido. McDonagh evita todo maniqueísmo y nos desvela la verdadera personalidad de los dos policías en sus contradicciones asumidas, por eso se los enfoca como actores secundarios, costumbres secundarias, en periferias donde lo que suceda a nadie del alto mundo oficial puede interesar.

La toma de conciencia de esta madre altera definitivamente la rutinaria vida del pueblecito, desnuda sus falencias espirituales y desencadena una áspera reflexión sobre una sociedad. Las madres en Colombia reclaman los cadáveres de los soldados anónimos muertos en una guerra abstracta y a nombre de inconfesables intereses, muestran las fotos de sus hijos con la esperanza de que alguien sepa de sus paraderos. ¿Por qué nada hemos sabido de las familias de los soldados y policías cobardemente asesinados por mandato de los jefes del Eln en medio del escenificado cese de la tregua? ¿No son estas pequeñas historia dignas de que hasta ellas baje la cámara de nuestros altivos cineastas? Atentar contra la vida cotidiana de un pueblecito cualquiera es atentar contra la paz. Quien guarda silencio es el Estado que permanece sordo ante estos reclamos, es la justicia politizada puesta al servicio de intereses particulares y no para recuperar con la sentencia justa la presencia de este anónimo ciudadano que no necesita colocar vallas a la salida de sus carreteras polvorientas para recordarnos que nadie ha dado respuesta alguna al reclamo de las madres.

Ebbing, Misuri, es un pueblo ignorado donde la irrupción de la violencia pone en cuestionamiento, a partir de la ira de esta madre, unos supuestos valores de convivencia, lo más humano que es la solidaridad. Ya que es bajo la perspectiva de lo humano  —y jamás de la de una ideología política— desde donde lograríamos contar con la confianza de que no habrá desidia oficial sino la solidaridad que se logra haciendo visible el rostro que nos pregunta. Solo que entre nosotros la paz planteada bajo los intereses de una abstracción política ha olvidado que sin una crítica previa y radical de la violencia no se puede pensar en que las madres que buscan a sus hijos desaparecidos o asesinados lleguen a tener un día la respuesta que esperan, ya que en estas circunstancias la llamada reparación no es otra cosa que una farsa, tal como lo estamos viendo, conmovidos ante el recrudecimiento de esa gran ofensa al ser humano que es el desplazamiento forzado de campesinos, los repetidos asesinatos de policías y soldados o sea la “continuación de la guerra”.  

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