Viernes, 21 Sep,2018

Opinión / JUN 18 2018

Los hermanos elegidos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La condición de hermanos vincula a las personas en una clase de conexión maravillosa.

 

Se forman en el mismo vientre, corre por sus venas igual sangre, el primer rostro de amor y confianza —el de la madre—, es el mismo e incluso los rasgos de su cara parecen moldeados con el mismo material, pues son al mismo tiempo, muy diferentes y completamente parecidos.

Los hermanos se aman y apoyan, se saben parte de la misma sustancia y por eso, tienen como condición quererse, contar los unos con los otros, pasar tiempo juntos, estar ahí para servirse, ir simplemente de la mano por la vida, sabiendo que si bien cada cual hace su propio camino, existe otro que va cerca y a quien le importa que el destino sea bueno.

Sin embargo, algunos hermanos no surgen del mismo útero, sus madres lucen rostros distintos, de hecho pertenecen a diversas familias y llevan otros apellidos. Raramente son similares en apariencia física, su color de ojos es diferente y definitivamente, salvo la luz fulgurante que tiene su mirada cuando se encuentran, no se parecen en nada.

Su condición es de amor profundo, de identificación, de alegría por su vida, de voluntad para servir. Siguen con interés la existencia del otro, ríen con su dicha, les sangra el alma con su sufrimiento, vibran con sus logros y en general, están presentes en los momentos más importantes, porque el otro es relevante, casi tanto como ellos mismos.

Hablo de los amigos, esos hermanos que se escogen. Seres que encontramos en el camino de la vida, y que pasan de ser completos desconocidos a la imagen que acompaña las fotografías mentales de los mejores recuerdos. Esos que lo saben todo de nosotros —hasta lo más secreto— y reconocen nuestra historia porque a ella han asistido. Una sola mirada, un instante en compañía, les permite saber qué nos ocupa. Reconocen en un segundo nuestra expresión preocupada y también identifican nuestra felicidad. 

Visualizan como nadie el gris de la tristeza en nuestro rostro, el miedo, la nostalgia y la ira… todo lo nuestro les resulta conocido, les es familiar cada manera de expresarnos e intuyen incluso nuestros más secretos pensamientos.

Pasan noches completas escuchando relatos, fabricando risas, sorprendiéndose con nuestras historias, compartiendo café o bebiendo vino, son compañeros de películas, lecturas, charla; y también, soporte afectivo en momentos de crisis, respaldo en la hora de la enfermedad, presencia tranquilizante en la zozobra de un hospital, mano que brinda, oído que escucha, sonrisa que alegra, consejo que alimenta y palabra que sostiene… Son almas gemelas que van por ahí, vidas paralelas que hacen más grata la nuestra, personas sin las cuáles, sería doloroso vivir. A Irma Liliana Vásquez Bolaños, una hermana elegida hace mucho.

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